Otra década perdida en América Latina

El desencanto hacia los políticos, los casos de graves corrupción e ineficacia hacia los gobiernos no son exclusivos del gobierno del cambio en México. Al sur del continente hay mas mismas quejas: falta de empleos, falta de servicios, crecientes índices de inseguridad, ineficacia y corrupción de los gobernantes e insultante reparto de la riqueza que hace de América Latina la región más desigual del mundo

 

Diario Público / 15 julio 2004

La decepción y el disgusto por la falta de cumplimiento de las promesas de campaña de Vicente Fox Quesada se extienden cada vez más entre la población. El fracaso en ofrecer una calidad de vida mejor está poniendo en entredicho a los gobiernos de alternancia y en el país. La sociedad ha enviado muchísimos mensajes acerca de su decepción y creciente ira ante lo que se considera la ineficacia, ineptitud y corrupción de los políticos mexicanos para resolver las demandas esenciales de la nación: empleo, educación, salud, seguridad, vivienda, pensiones dignas.

 En lugar de ello, México se ha convertido en un paraíso para los negocios bancarios, dominados por corporaciones extranjeras, para la inversión especulativa en la bolsa de valores y para los tenedores de los bonos de la deuda interna y externa.

 Pero, ¿acaso este fracaso se debe únicamente a la ineptitud de la clase política mexicana? ¿Se debe a la turbulencia ocasionada por las ambiciones de poder de Marta Sahagún? ¿Se debe se debe a las nuevas y escandalosas muestras de corrupción de los políticos mexicanos?

 Por supuesto que todas estas variables deben considerarse en cualquier análisis serio sobre lo que ocurre en México, pero si uno extiende la mirada al sur del continente americano encontrará prácticamente el mismo rosario de quejas de la población hacia sus gobiernos: falta de empleos, falta de servicios, crecientes índices de inseguridad, ineficacia y corrupción de los gobernantes e insultante reparto de la riqueza que hace de América Latina la región más desigual del mundo.

 En Brasil la llegada de Luiz Inacio Lula da Silva al poder dio paso a un ambiente de esperanza entre los brasileños e incluso fuera de sus fronteras por la expectativa de que un partido de izquierda y un dirigente surgido de las luchas populares podría poner, por encima de todo, la agenda social en el país. A casi dos años de su llegada al poder, Lula ha decepcionado a una parte de su base electoral popular, se ha peleado con los grupos de izquierda que se aliaron a su candidatura e incluso se han expulsado a militantes del PT debido a que se han opuesto a las reformas “estructurales” que Lula ha llevado a cabo en Brasil. Todo para seguir contando con la confianza de los inversionistas extranjeros.

 En Argentina, ya se sabe, la hartazón de la sociedad tiró a cuatro presidentes a fines de 2001 y principios de 2002. A fin de intentar recuperar la confianza del pueblo, el peronista Nestor Kirchner ha intentado cambiar la imagen de los políticos argentinos y ha aplicado medidas “radicales” para el contexto latinoamericano, como el intento de control de un buen número de empresas que fueron privatizadas y la renegociación de la deuda externa (pagar 25 centavos por cada dólar que se debe). Pero ni esas acciones han aplacado el descontento popular; el intento de renegociar la deuda está entrampada y con demandas en tribunales de Nueva York.

 El “gobierno del cambio” en Perú tiene los niveles de popularidad más bajo de toda América Latina. La llegada del “cholo” Alejandro Toledo, después del periodo de gobierno despótico y corrupto de Alberto Fujimori, creo esperanzas ciertas de un cambio en la sociedad peruana. Ayer Toledo debió lidiar con un paro general.

 En Venezuela el intento de Hugo Chávez de llevar a cabo una política más popular, tiene partido al país por la mitad, con el añadido de que Estados Unidos ha alentado y apoyado un golpe de Estado en contra del presidente venezolano. Además ha habido levantamientos e insurrecciones en Ecuador, Honduras, El Salvador, República Dominicana, Haití que confirman una cuadro de conflictividad social y descrédito de los políticos en la zona. ¿Son meras coincidencias estas insurrecciones y creciente descrédito de los políticos y decepción sobre la reciente ola democratizadora en América Latina?

 Por supuesto que no. Los problemas que padece cada país latinoamericano tienen causas comunes. Somos una región semipériférica o periférica del sistema capitalista; la división internacional del trabajo nos asigna un papel de proveedores de granos, carnes, cereales, minerales, petróleo, mano de obra barata y muy pocos productos manufacturados con tecnología propia. Según los expertos, América Latina necesita que entren al menos 40 mil millones de dólares al año para lograr que la economía crezca saludablemente, pero en lugar de ser una región importadora de capital, la región exporta quizá tres tantos más únicamente por el pago de intereses y amortizaciones de la deuda externa. Brasil, México y Argentina están entre las naciones más endeudadas del planeta.

 No es casual que el último número de Newsweek (a todas luces favorable a las políticas neoliberales) diga en su portada que América Latina tiene otra década perdida para sus habitantes.

 Pero en lugar de atacar de manera unificada los problemas comunes, los dirigentes políticos latinoamericanos siguen intentando sus problemas por separado. Es cierto que hay cumbres y discursos que hablan de unidad, pero no hay medidas concretas en los asuntos esenciales, por ejemplo un club de deudores, como el que se intentó en los ochenta y que, entre otros, el gobierno Mexicano abortó.

 Si no se resuelven estos males de la región, ninguna medida de ingeniería electoral o reforma de Estado alcanzará a salvar a los gobiernos de América Latina.

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