El centrismo liberal hace agua

El mundo de las nociones liberales centristas hace agua. Sus conceptos, su marco interpretativo, su pretendida posición de no comprometerse en nada (cuando en los hechos solapan las arbitrariedades del poder) ya no aguanta más.

 

Basta ver las páginas de editoriales de este diario o las opiniones de los políticos o actores públicos para ver como el debate público en Jalisco es un amasijo / maraña de confusiones y de pretensiones ideológicas.

 

Aparentemente todos quieren ser de un centro liberal: los yunques, la jerarquía católica, los diputados de izquierda, los demócratas cristianos, los nacionalistas revolucionarios, los masones, los socialdemócratas. Todos proponen lo mismo: el “mercado con responsabilidad social” en lo económico y la democracia liberal en lo político.

Pero detrás de los discursos se esconden las verdaderas posiciones sociales, políticas y los verdaderos intereses que representan cada quien.

 

Aún cuando real, social y políticamente existe un partido que respalda la conservación del orden establecido y un partido que quiere un cambio de este orden, todos aparentemente quieren la posición políticamente correcta del centro liberal, una posición cómoda que no compromete. Una posición cómoda que excluye de su lenguaje y de su repertorio analítico palabras o conceptos como imperio, poder, dominación. No se habla de despojo, de explotación de la fuerza de trabajo, del antagonismo y confrontación que hay materialmente, más allá de los discursos, entre grupos sociales. No pueden ver el mundo de la misma manera o pensar lo mismo de la gestión del gobierno quienes viven en Puerta de Hierro o Valle Real que quienes viven en Hacienda Santa Fe o los nuevos fraccionamientos de El Salto. No piensan lo mismo de los políticos, acerca de los salarios, de las leyes laborales, de la democracia, del pago de impuestos, de la economía informal, quienes viven en los barrios pobres del oriente y los nuevos asentamientos periféricos que los sectores acomodados que viven en la Americana, Providencia, Chapultepec, la Seattle. Los centristas liberales en cambio hablan de un pretendido mundo ideal que no existe: la supuesta victoria incontrovertible del mercado sobre el Estado, la democracia formal que se restringe a cruzar una papeleta cada tres años, la idea absurda e imposible de meter a todos en la economía formal, el respeto abstracto por las leyes en medio de un universo de impunidad desde el poder… 

 

En fin. Pero es un universo simbólico e interpretativo que si bien es dominante en los sectores de mando de la ciudad y del estado (gobernantes, políticos, cámaras empresariales, académicos, burocracia universitaria, periodistas y opinadores públicos y la gran cantidad de técnicos al servicio del poder que se han formado recientemente en las universidades locales y en el extranjero –y cuya mayor pretensión reside en convertirse en consejeros electorales-), no es mayoritario en la sociedad. No deben creerme a mí. Se deben revisar las cifras históricas de participación electoral, el descrédito avasallante que padecen políticos profesionales y partidos, las encuestas de cultura política y la sorna, carrilla y desprecio con que desde abajo se mira ese mundo de la organización política de arriba. El mundo de las nociones liberales centristas hace agua. Sus conceptos, su marco interpretativo, su pretendida posición de no comprometerse en nada (cuando en los hechos solapan las arbitrariedades del poder) ya no aguanta más. Las tendencias sociales en curso en la sociedad jalisciense de polarización, creciente desigualdad y aumento de la carga de trabajo a cambio de un menor salario (como parte de las tenencias que se imponen en el moderno sistema-mundial capitalista) obligan cada vez más a los compromisos o por lo menos a mirar los hechos con ojos menos prejuiciados. Así como alguna vez el mundo soviético se desmoronó caóticamente para muchos socialistas, así se está desmoronando la utopía y la ideología del liberalismo centrista occidental bajo la hegemonía de Estados Unidos. La democracia liberal realmente existente ya cayó. El muro de Berlín de Occidente se está derrumbando con el fracaso estrepitoso del modelo neoliberal, con las intervenciones militares de Estados Unidos, con la rampante corrupción de las clases políticas de todos los países, con el desprestigio de los partidos, con la mercantilización de las elecciones, con el domino del capital en los procesos electivos…

 

Y otra vez el mundo intelectual y académico jalisciense está llegando tarde a ese debate. El posmodernismo ya pasó. El liberalismo les ha dado un buen empleo y una coartada ideológica que cada vez es más pesado esconder.

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