Legiones de ilusos

La gente ya se hartó con el engaño de que vive en una democracia sólo porque se le permite depositar una papeleta cada tres años y después los gobernantes hacen lo que quieren los 1,064 días restantes 

 

Algunas decisiones tomadas por diputados y dirigentes partidistas han provocado una ola de críticas. Las críticas se refieren al proceso de renovación de magistrados electorales, magistrados del Supremo Tribunal de Justicia del Estado (STJE), del Instituto de Transparencia e Información Pública (Itei), así como al proceso que se está siguiendo para reformar la ley electoral y cambiar, de paso, a los consejeros electorales.

 

En este historial reciente se añade la componenda entre el PAN y el PRI para poner al actual presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ).

 

El procedimiento que han seguido los dirigentes partidistas y coordinadores parlamentarios ha sido cuestionado por su desaseo, por la falta de respeto a los aspirantes que acuden a las convocatorias de renovación de los órganos mencionados cuando las decisiones ya han sido tomadas de antemano, y se cuestiona que tales acciones vulneran la autonomía de las instituciones.

 

Se ha acudido el término partidocracia para tratar de describir estos hechos. Con el término se pretende denunciar que los dirigentes de los partidos y los coordinadores parlamentarios imponen a como de lugar sus decisiones y con ello vulneran lo que se supone deberían ser poderes públicos independientes (STEJ) u organismos autónomos que se han considerado como espacios ciudadanos (IEEJ, CEDHJ o Itei).

 

Uno de estos cuestionamientos fue publicado el lunes como desplegado por más de media centena de firmas (en su mayoría profesores o académicos del ITESO o la UdeG). “Protestamos por la inadmisible conducta de los partidos políticos y de sus diputados en el Congreso local, que han atropellado sin vergüenza alguna y con el único propósito de favorecer sus intereses particulares, a cuanto organismo han tenido oportunidad de renovar, sea total, sea parcialmente. Con esta actitud, lo saben, lesionan gravemente la autonomía, credibilidad y efectividad de esos organismos”, se asienta en el desplegado.

 

Disiento de este punto de vista que se sostiene en una mera ilusión. Simplificando sobremanera, creo que esta percepción tiene como fundamento el proyecto de alcanzar la democracia electoral en Jalisco, primero mediante la alternancia política y posteriormente con la consolidación democrática. Las críticas vienen desde estos sectores (particularmente académicos e intelectuales) que creen que los dirigentes partidarios están traicionando este proyecto e imponiendo regresiones políticas. Es una posición sincera, pero falsa.

 

Es falsa porque en realidad el cuento de la transición a la democracia siempre ha sido un proyecto político controlado por una nueva clase política integrada por políticos profesionales de todos los partidos. Y desde que perdió el PRI, ha sido esta clase política la que ha designado a los integrantes de los poderes públicos y de los órganos autónomos.

 

El problema de fondo no es que algunos políticos voraces y estrechos de miras estén traicionando la transición a la democracia y clausurando algunos espacios que antes eran ciudadanos. Este y el anterior IEEJ fue nombrado por los diputados con el criterio de cuotas a los partidos, revisen las notas de 2005, y así ha ocurrido con todas las posiciones.

 

Si esto es cierto, entonces me parece que está demás llamarse a engaño, como parte de una legión de ilusos que creyeron en el cuento de la transición. Una ilusión que, por cierto, nunca ha sido compartida mayoritariamente por la sociedad jalisciense. La gente ya se hartó con el engaño de que vive en una democracia sólo porque se le permite depositar una papeleta cada tres años y después los gobernantes hacen lo que quieren los 1,064 días restantes.

 

Me parece que es hora de discutir, si realmente se quiere cambiar este estado de cosas, que el proyecto de la transición fue un dulce engaño en el que caímos muchos. Es hora de discutir las limitaciones de la democracia electoral y la crisis del orden político liberal. Y es más útil todavía no caer en el juego de legitimar a los espacios “ciudadanos” del sistema político que nada más conceden legitimidad para a las tropelías de la clase política.

 

El problema no es de la voluntad de algunas personas, sino estructural. El orden liberal de votaciones cada tres años, de división de poderes, de organismos que únicamente buscan la legitimación, y de la separación entre quienes mandan y quienes obedecen, está en crisis. Está en crisis el diseño institucional burocrático administrativo y de gestión de los problemas públicos. Esta es la fenomenología de lo que algunos llaman desencanto con la democracia y que no es otra cosa que la manifestación de la crisis del sistema político liberal.

 

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