Mouriño y Obama

Podríamos decir que con Obama se completa el giro hacia la izquierda ya no de Latinoamérica, sino de toda América

Rubén Martín / Público, 6 de noviembre 2008

Mouriño. La autoridad federal podrá salir en las próximas semanas a presentar los resultados de la investigación sobre la caída del avión oficial en el que viajaban el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño Terrazo, y el ex fiscal antidrogas del país, José Luis Santiago Vasconcelos, y decir que se trató de un accidente. Podrá presentar un avanzado video interactivo con las explicaciones de la ruta de la aeronave, la grabación contenida en la caja negra con subtítulos, y otros recursos técnicos para defender que fue un accidente.

Pienso que será en vano, nadie lo creerá. Será el equivalente al Nintendo de Jorge Carpizo sobre la muerte del cardenal Jesús Posadas Ocampo en 1993.

No habían pasado siquiera dos horas del accidente y de la muerte de los funcionarios federales cuando la versión popular más extendida apuntaba a un atentado. Y a lo mejor no lo es, a lo mejor las autoridades explican con detalles y de manera lógica que fue un accidente. No importará porque la percepción sobre un hecho social es igual de real que la “verdad” técnica o jurídica.

Además de la muerte de su principal operador político, Felipe Calderón debería estar preocupado por la “muerte” de la credibilidad oficial que revela esta convicción popular de que se trató de un atentado. Y ya sabemos lo que se deriva de esta creencia, de esta percepción. Hay grupos antagónicos al Estado muy poderosos, tan poderosos que pueden derribar el avión en donde viaja el número dos en el organigrama del poder público federal. Por este camino se llega a la conclusión de la extrema debilidad en la que se encuentra el Estado mexicano.

Contrario al mensaje que pretenden enviar los gobernantes, con Calderón a la cabeza, de que hay mano dura, de que supuestamente tienen voluntad para combatir a grupos delictivos, lo cierto es que acontecimientos como la caída del avión de Mouriño revelan que en el inconsciente colectivo el Estado, el gobierno, los gobernantes en realidad están debilitados. Si requieren, como Calderón, movilizar hasta 300 agentes militares o civiles para que pueda presentarse en cualquier parte del país, me parece que revela el miedo que tiene el temor a que agentes externos le hagan daño. La militarización y la mano dura no son sinónimo de fortaleza, al contrario, son mensajes de debilidad.

De otro lado, si se confirmara que fue un atentado, me parece que no habría qué responder en automático que se trató del narcotráfico. El nuevo grupo gobernante está atrapado en una tremenda telaraña de intereses económicos en juego: desde los intereses del narcotráfico, políticos, mediáticos, y los contenidos en la reforma energética.

 

Obama. El triunfo de Barack Obama ha despertado una ola de entusiasmo y esperanza en Estados Unidos y el mundo de tal calado que conviene preguntarse sobre sus fuentes. ¿Qué carencias ha padecido el alma política estadounidense como para volcarse en torno a una persona que los congrega en torno a un simple mensaje: “si, sí podemos”? “Si, sí podemos”, recitaba Obama en sus mítines y millones le respondían, “sí podemos”. ¿Sí pueden qué? Sería ingenuo hacer un perfil único de quienes votaron por Obama, pero a juzgar por el propio discurso del primer presidente negro en Estados Unidos, lo que no quieren es una política profesional metida hasta el cuello de los intereses corporativos, una política llena de corrupción y de mentiras. Quieren un pago decente por su trabajo y recuperar el estado de bienestar que llegaron a tener y que revolución neoliberal ha ido desmantelando sistemáticamente. Quieren a su ejército fuera de Irak, una guerra estúpida en la que los metió el estúpido de Bush, debido a los intereses del vicepresidente Cheney en la industria militar.

En resumen, lo que millones de estadounidenses ven en Obama es lo que millones de latinoamericanos han visto en presidentes latinoamericanos progresistas o de izquierda, desde Bachelet, Lugo, Lula, pasando por Correa, Evo y Chávez. Políticas públicas que pongan freno a la destrucción neoliberal. Podríamos decir que con Obama se completa el giro hacia la izquierda ya no de Latinoamérica, sino de toda América.

La pregunta es si Obama va a poder satisfacer tales expectativas. A riesgo de equivocarme, creo que no lo va a poder hacer, como no la hecho ningún mandatario progresista en el continente. Para no defraudar a sus votantes, Obama tendría que hacer cambios radicales en la política estadounidense que ni siquiera ha planteado, y si los planteara, encontrará la resistencia de la clase capitalista más sólida del planeta. No será fácil. Por eso, como dice el periodista Mike Davis (“Obama y los corazones rotos?”, en http://www.sinpermiso.info), más que confiar en Obama, quienes votaron por él, deben confiar en sí mismos e impulsar los cambios desde abajo. De otro modo no cambiará nada.

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