Elogio del abstencionista

 

Foto: Público.
Foto: Público.

 

Rubén Martín / Público, 26 febrero 2009

Curiosamente el principal tema que se está generando en la actual campaña electoral es cómo no votar. Es más que evidente que el actual sistema electoral y de partidos cruje a más no poder; tal evidencia puede verse en todas las encuestas que confirman que cerca de 60 por ciento de la población en edad de votar, no lo va a hacer.

La cifra podría disminuir conforme se acerque la elección, pero lo que es un hecho es que el principal tema de la actual campaña, además de la crisis económica, no es por cuál partido o candidato votar sino el creciente rechazo a la clase política.

Una buena parte de las conversaciones de sobremesa giran en torno a cuál es la mejor manera de manifestar el rechazo a la clase política profesional y al sistema de partidos. Las opciones son ir y anular la papeleta electoral o simplemente no ir a votar.

Respeto a quienes dicen que no ir a votar es hacerle el juego a los abstencionistas y su carga de apatía y desinterés. Más bien creo que ir a anular el voto equivale a estar en desacuerdo con una función de circo y de todos modos pagar el boleto, aunque una vez adentro de la carpa se da la espalda a los payasos y domadores, en señal de rechazo.

Estoy en desacuerdo con quienes ven a los abstencionistas como apáticos e indiferentes. Se tiene la noción de que ser un buen ciudadano equivale a ir a votar cada tres años aún y cuando no se esté de acuerdo con ningún partido o candidato. Estos mismos votantes, que se asumen como el ideal de ciudadano politizado, subestiman y menosprecian a los que no van a votar. No es igual, dicen, el que hace el esfuerzo de levantarse para hacer fila, votar (aunque lo anule), que la persona floja e indolente que se queda en casa a ver el partido de fútbol, acompañado de cervezas y botanas.

Lo cierto es que esta noción es un estereotipo de clases medias y de dirigentes empresariales y políticos. Es un estereotipo que no solo no se corresponde con la realidad y que, en esencia, estigmatiza y subestima a quienes asumen la decisión conciente de no ir a votar. Sostengo que en esta actitud hay una inteligencia política popular bastante racional, coherente con una realidad social en la que se sitúan críticamente.

Antes de seguir con mis opiniones, vamos con los expertos y los hechos. La definición de abstencionismo no provoca mayores controversias. El abstencionismo es “la falta de participación en el acto de votar”. 

Al desmenuzar la conducta los expertos indican que hay cuatro tipos de abstencionistas: 1) el apático que se define como aquél que no encuentra incentivos para ir a votar; 2) el técnico donde entran los que no se inscribieron en el padrón electoral, los discapacitados que no pueden completar el trámite de registro; 3) el cívico, donde entran los ciudadanos que sí van a votar pero anulan la boleta; y, 4) el político, donde entran los ciudadanos que se abstienen de modo consiente por inconformidad con el sistema político.

Las cifras nos indican que en los últimos 30 años en Jalisco únicamente ha participado la mitad de los electores. Esta cifra maciza debiera hacernos pensar que hay algo más que apatía. Estos hechos y datos me llevan a concluir que el abstencionismo no es apatía, que es una postura política fundada en la evidencia de que votar no sirve de nada.

Al menos no sirve para resolver los asuntos esenciales de la reproducción de la vida. Votar no sirve para remediar la contaminación en El Salto, votar no sirve para regular el crecimiento desordenado de la ciudad (dejado al interés del mercado), votar no sirve para que los políticos dejen de ser negocios al amparo del poder y de manejarse como la nueva aristocracia.

Pero en esencia, votar no sirve para tener un ingreso decente para quienes  viven de su fuerza de trabajo, no sirve para evitar que haya abusos laborales y para contar con un sistema de seguridad social digno, votar no sirve para que todos tengan una casa decente, y para que nadie pase hambre. Si votar no sirve para todas estas cosas, ¿para qué demonios sirve? El voto sirve para legitimar a una clase política incapaz, y para dar aire artificial a un sistema político liberal que se cae a pedazos.

Más que apatía, el abstencionista tiene una postura política clara y, en cierto sentido, más radical que cualquiera de las opciones políticas partidarias. El abstencionismo es una manifestación del discurso oculto de las clases subalternas que han terminado de convencerse de que las opciones para cambiar, para bien, su vida no vendrán de las clases dirigentes, sino que tienen qué construirlas ellos mismos, de manera autónoma y con otras relaciones sociales.

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Un comentario en “Elogio del abstencionista

  1. Hola Señor Ruben, me gusta mucho este artículo que nos regala, y queria saber si podria usar parte de el (de hecho casi su totalidad) para mandarlo al periodico local. Claro que le cambiaria algunas cosas para darle un enfoque un poco más regional.
    Espero su respuesta en mi correo:

    puppet_eyes@hotmail.com

    Hasta siempre!

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