La tragedia de Brown

Foto: Reuters-El País
Foto: Reuters-El País

Ha intentado imitar a su predecesor, Tony Blair, un populista telegénico. Pero ha fallado

JOHN CARLIN /El País, 14 junio 2009

Cuando Gordon Brown y Barack Obama dieron una rueda de prensa conjunta a finales de marzo, durante una cumbre convocada por el G-20 para buscar soluciones a la crisis económica mundial, el primer ministro británico dejó al presidente de Estados Unidos en la sombra. Obama, por una vez, no estuvo muy fino. Hubo una pregunta en especial, una engañosamente sencilla, que le consternó: ¿qué le recomendaría a los ciudadanos, ahorrar o gastar?

Obama inició un aparatoso circunloquio, intentando ganar tiempo para clarificar sus ideas, pero no logró dar con una fórmula convincente. Entonces respondió Brown. Breve, claro, al grano, dijo que la responsabilidad de los Gobiernos consistía en tomar las medidas adecuadas para que los ciudadanos pudiesen decidir con confianza cual de las dos opciones era la que más les convenía.

Brown, que tres semanas antes había recibido 17 ovaciones durante un triunfante discurso ante el Congreso estadounidense, es un gran cerebro -tan cómodo leyendo las obras de Shakespeare como las de Marx o Adam Smith- y, en el ámbito de los actuales jefes de Gobierno, un peso pesado mundial. En Reino Unido lo identifican como un big beast, una gran bestia, nombre que la clase política reserva para las figuras intelectualmente más dotadas del Parlamento de Westminster. Pero entonces, ¿cómo se explica su calamitosa impopularidad, tanto con el electorado como dentro de su propio partido laborista? ¿Por qué siete ministros han dimitido en diez días, en un intento de derrocarle? ¿Cómo es que en las elecciones europeas el partido gobernante cosechó un denigrante 16% del voto, claro indicativo de que las próximas elecciones generales, el año que viene a más tardar, serán una catástrofe para los laboristas?

Evidentemente, la crisis económica iba a poner a la defensiva a cualquier líder que haya estado en el poder los últimos dos años y más si, como en el caso de Brown, anteriormente fue ministro de finanzas durante 10. Tampoco han ayudado las recientes revelaciones de abusos de los fondos oficiales por parte de los parlamentarios británicos. Pero aquí no está la raíz del problema, ya que el público británico parece haber concluido que la crisis obedece a una lógica global de la que nadie se ha salvado, y que los diputados conservadores también han caído en la corrupción. El problema radica en la figura de Brown, en un defecto en su personalidad que le convierte casi en una figura trágica, en el sentido clásico -griego- de la palabra. Es un hombre extraordinariamente inteligente y de buena voluntad, considerado como tal incluso por sus detractores de la derecha, pero cuando llegó a la cima de su carrera política salió a la luz un defecto en su cuadro psicológico que le ha llevado hoy al borde del precipicio político, que ha convencido a todo el mundo, sin excluir a su propio partido, de que no tiene la más mínima posibilidad de mantenerse en el Gobierno cuando llegue la hora de presentarse ante el electorado.

Hay una cita de Shakespeare que Brown, con toda seguridad, se sabe de memoria. “Ante todo, sé fiel a ti mismo, y a eso seguirá, como la noche sigue al día, que no serás falso con nadie”. Brown no ha sido fiel a sí mismo. Desde que llegó al poder ha intentado ser alguien que no es. Ha intentado imitar a su predecesor, Tony Blair, un populista telegénico. Pero no le sale. Brown es, por naturaleza, un personaje adusto y reservado que, viéndose obligado a conectar con los gustos de las masas, ha caído en demagogias baratas y poco creíbles, como declarar en público que escucha la música de una de las bandas indie de moda, los Arctic Monkeys; como decir que disfruta de un programa de televisión cazatalentos de enorme difusión llamado The X Factor; como aparentar que es tal su fascinación por Susan Boyle, la escocesa que saltó a la fama mundial tras su aparición como cantante en otro concurso de talento televisivo británico, que cuando ésta cayó enferma la semana pasada él personalmente llamó por teléfono para ver cómo estaba.

Abundan ejemplos como estos de Brown intentando dar la impresión de que es “uno de los nuestros”, otro británico más, cuando todos los británicos saben perfectamente bien que no lo es, que por elección personal aborrece la idea de malgastar un minuto de su vida viendo un programa de cazatalentos, que es un hombre cuyo entorno natural sería una íntima cena entre catedráticos en una ilustre universidad. La consecuencia es que cuando le da por intentar una de sus jugadas populacheras, nadie le cree. La gente ve que no está siendo fiel a sí mismo y sacan la conclusión, invirtiendo la lógica de la frase de Shakespeare, de que es un hombre falso, de poco fiar. Lo cual es injusto, pero así se transmiten las imágenes de los políticos en la era de la televisión y de Internet. Antes, cuando los políticos se comunicaban con el público a través de la radio, Brown podría haber pasado a la historia como uno de los grandes líderes del siglo. Pero ahora que se anatomiza cada tic de la personalidad de cada figura pública, la imagen de Brown se diluye cada día.

Es una exageración concluir, como algunos han hecho, que Brown padece una especie de autismo. Tiene sentido del humor, e incluso no duda en reírse de sí mismo. El año pasado provocó carcajadas cuando declaró, con una media sonrisa: “No entré en la política para ser popular, ¡menos mal!”. Pero esa faceta de Brown se suele ver con más frecuencia en privado. En televisión se le ve demasiadas veces tieso, torpe, como luchando consigo mismo para transmitir un campechanismo que no posee.

Y nunca lo poseyó. Su infancia y adolescencia lo marcaron como una persona introvertida y distante. Reino Unido es uno de los países del mundo en los que menos se practica la religión, pero su padre fue un clérigo de la austera Iglesia presbiteriana que inculcó en él hábitos puritanos de trabajo y de poca expresividad emocional. El ejemplo paterno dio fruto en los estudios del joven Gordon: a los 15 años aprobó los exámenes para ingresar en la Universidad de Edimburgo. Poco después sufrió un accidente cuando jugaba al rugby que le dejó ciego. Pasó varias semanas tumbado en la cama sin poder ver, convencido de que nunca volvería a hacerlo, hasta que un cirujano le hizo una delicada operación en la retina que le permitió recuperar la vista en un ojo. Con el otro nunca ha vuelto a ver.

Si Brown optó por ingresar joven en las filas del partido laborista fue en parte, como él ha dicho, por la estima y gratitud que sentirá siempre hacia el sistema gratuito de salud pública que le salvó de la ceguera total. Ha dedicado toda su vida adulta al servicio público. Fue un brillante ministro de finanzas, reconocido como tal por los propios funcionarios del ministerio, que le despidieron hace dos años cuando asumió el cargo de primer ministro con aplausos y lágrimas, y por economistas de la talla del premio Nobel Paul Krugman, que le admira. Pero, en los tiempos que corren, no tiene madera para estar donde está. No debería habérselo buscado; debería haber oído los consejos, algo malignos, del círculo íntimo de Tony Blair, que lo declararon “psicológicamente inadaptado” para asumir el liderazgo del Gobierno.

Eso sí: intelectualmente, al lado de Blair, Brown es un coloso. En las reuniones de los líderes del G-20, incluso con Obama presente, encuentra refugio en su conocimiento superior; es la gran bestia que eclipsa a todos en la habitación. Pero al salir a la luz del día y enfrentarse al gran público sus limitaciones como comunicador y sus inseguridades como persona se ven a flor de piel. Si él mismo se hubiera enfrentado a esas limitaciones e inseguridades, si la ambición no le hubiera cegado como una vez lo hicieron sus ojos, no hubiera dado el paso a la presidencia de Gobierno y la historia lo hubiera recordado como un gran servidor público en vez de como un político incapaz.

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