Compendio de razones para no votar

Urna abstencionistaComparto con ustedes un compendio de columnas en las que argumenté a favor del abstencionismo y donde apunto algunos elementos de crisis del sistema político liberal en Jalisco y en México.

Razones para no votar

El circo político que los profesionales del poder se empeñan en llamar democracia está agotado y en franca decadencia. Por eso el 5 de julio ganaremos los abstencionistas

Rubén Martín / Público, 21 mayo 2009

Millones de mexicanos y jaliscienses estamos convencidos de que no sirve de nada participar en el actual circo electoral. Un circo donde ya sabemos quienes son los dueños, quienes los domadores, los payasos, los trapecistas y los animales. Un circo donde los electores, los ciudadanos, los contribuyentes, las personas que con nuestro trabajo hacemos día a día este país somos meros espectadores, mientras los payasos quieren hacernos creer que nos toman en cuenta.

Pero este circo político, que los profesionales del poder se empeñan en llamar democracia, está agotado y en franca decadencia. Por eso el 5 de julio ganaremos los abstencionistas, sin duda. El abstencionismo no necesita de una campaña organizada para ser eficaz, de todos modos en esta columna (y en otras) anotaré algunas razones para no ir a votar:

1. Porque la democracia liberal es en realidad un sistema político que restringe y niega la participación de los sujetos en la toma de las decisiones públicas. El actual sistema político pretende llamarse democracia sólo porque una vez cada tres años permite al ciudadano ir a formarse ante una mesa de votación, obtener una boleta, cruzarla con un crayón y depositarla en una urna. ¿Cuánto tiempo lleva hacer esto? ¿Unos 30 minutos? Un trienio (periodo entre elección y elección) tiene 1’576,800 minutos y los políticos dejan que el ciudadano apenas participe 30 minutos, es decir el 0.0019 por ciento de cada periodo de gobierno. Obviamente esto no es una democracia.

2. No es cierto que la democracia liberal sea un sistema político donde el pueblo elige a sus representantes a los poderes públicos. En realidad es un sistema donde el derecho y la libertad de escoger se limita a elegir entre los candidatos que ya fueron escogidos entre los grupos políticos que tienen el control de los partidos y por tanto el monopolio de proponer candidaturas.

3. En Jalisco la “libertad” de elegir se limita a escoger entre los candidatos que escogieron Francisco Ramírez Acuña (PAN), Raúl Padilla López (PRD y PRI), Juan Sandoval Íñiguez, Emilio González Márquez (PAN), Elba Esther Gordillo (Panal), los corruptos dirigentes sindicales (CTM, CROC, CROM, electricistas), entre otros.

4. Porque la transición a la democracia ha sido un fracaso y un engaño mayúsculo al pueblo. La alternancia terminó en un pacto de cúpulas políticas y mafiosas.

5. Porque del manejo patrimonial y faccioso del dinero público durante el autoritarismo priista pasamos a un sistema de fiscalización que consiste en el intercambio de cuentas públicas corruptas entre todos los partidos.

6. Porque el PRD hace fraude en sus elecciones internas, porque Carlos Salinas de Gortari se robó las elecciones de 1988 y sigue impune, mientras que Felipe Calderón Hinojosa llegó de manera fraudulenta a la silla presidencial, y también sigue impune.

7. Porque el sistema de partidos, que los personeros del sistema defienden como pilar de la democracia liberal, son un derroche infinito de dinero del pueblo. Entre 2000 y 2008 los partidos políticos nacionales han recibido 25,923 millones de pesos, mientras que en Jalisco los partidos gastaron entre 1997 y 2009 casi mil millones de pesos.

8. Porque el PRI usaba los recursos públicos para permanecer a toda costa en el poder… y el PAN y el PRD hacen lo mismo.

9. Porque los partidos pequeños (la chiquillada) son en realidad un sistema de franquicias electorales que ha permitido el enriquecimiento de familias o dirigentes políticos: la familia González Torres en el PVEM, Alberto Anaya en el PT y Dante Delgado en Convergencia.

10. Porque Emilio González Márquez, dicen los propios panistas, gastó más de 100 millones de pesos para llegar a la gubernatura, tres veces más de lo permitido por la ley.

11. Porque el Congreso del Estado no representa la soberanía popular, ni la casa del pueblo. El Congreso es un sistema de enriquecimiento acelerado, de venta de votos y una mesa de tráfico de impunidades (cuentas públicas, juicios políticos), y medio para que los diputados integren sus grupos políticos a costa de la nómina del Legislativo.

12. Porque Alberto Cárdenas Jiménez y los panistas usaron el 22 de abril para ganar la elección y jamás cumplieron su promesa de aplicar justicia. ¿Quiere más razones?

***

Razones para no votar. 2

Rubén Martín / Público, 10 junio 2009

Están desesperados, incluso histéricos. La profunda fractura que existe entre la población mexicana y la clase política está siendo soporte de un movimiento que postula la anulación del voto o la abstención, que ha generado la irritación, la histeria y la preocupación de los profesionales del poder. En esta reacción alterada de la clase política nos han regalado algunas perlas, como la de María del Carmen Alanís, presidenta del tribunal electoral federal quien admite que votar “es la única forma en que pueden participar directamente en la toma de decisiones públicas”. Y como ya se dijo, no se pude llamar democracia a un sistema que concede apenas 30 minutos de participación (votar) cada tres años, que equivale al 0.0019 por ciento de tiempo en un trienio.

Aquí propongo otras razones para no votar, que se suman a las doce publicadas hace tres semanas.

1. Porque elegir forzosamente a un partido o candidato, aunque sea el menos malo no es democracia. Equivale a ir a una carnicería donde hay producto de baja calidad y sólo por el hecho de entrar estar obligados a comprar carne, aunque esté podrida.

2. Porque los defensores llaman democrático a un sistema político cuyos representantes populares (especialmente del Poder Ejecutivo) se dedican a impulsar la agenda de corporaciones y empresas que, como se sabe, tienen como fin procurar el lucro y el beneficio. Así lo confirman el sentido de las agendas de los gobernadores Alberto Cárdenas, Francisco Ramírez y Emilio González, siempre solícitos a atender y recibir empresarios y acudir a sus eventos, mientras desprecian, ignoran o incluso atacan a grupos y movimientos sociales que piden atención a sus demandas.

3. Porque la “transición democrática” en Jalisco no ha derivado en bienestar para la mayoría de los jaliscienses, pero sí ha sido sumamente provechosa para una clase política panista que se ha mudado a Valle Real, Providencia, Jardín Real, Bugambilias, que organiza bodas en Nueva Orleáns y que viaja constantemente a Las Vegas a jugar como nuevos ricos.

4. Porque lo que llaman democracia es el ambiente adecuado para que traficantes de influencias como Diego Fernández de Cevallos se muevan como pez en el agua y ganen al Estado enormes cantidades de dinero público gracias a sus relaciones.

5. Porque en doce años de alternancia política en Jalisco, las figuras de “democracia directa”, incluidas en la Constitución Política del estado, han sido letra muerta, como lo atestigua la solicitud de referéndum contra el alza del transporte público, avalada por casi 140 mil personas.

6. Porque un estado con las carencias de Jalisco no puede darse el lujo de pagar un aparato electoral que nos ha costado 1,520 millones de pesos entre 2001-2009, mientras los consejeros electorales ganan 20 veces más que el ingreso promedio de un trabajador en Jalisco (6,380 pesos mensuales) y perciben el equivalente al 25 por ciento del sueldo del presidente estadounidense Barak Obama (400 mil dólares anuales).

7. Porque las elecciones no son un debate y un método para elegir las mejores propuestas para la gente sino una puesta en escena mediática, donde se impone la política maquiavélica de conseguir los fines sin importar los medios, a base de mentiras, acceso comprado a los medios, y un cuantioso flujo de dinero oscuro que jamás es fiscalizado.

8. Porque la supuesta transición no ha tocado ni por asomo las corruptelas, ni la antidemocracia en los sindicatos mexicanos.

9. Porque votar no influye en el rumbo de la política económica de este país. Gane quien gane, las decisiones las toman un puñado de tecnócratas que manejan las instituciones financieras y económicas.

10. Porque, en suma, votar no sirve de nada, al menos a las clases bajas. Votar no ha servido para poner remedio al despojo de tierras ejidales y comunales de todo el estado. Votar no ha servido para remediar la contaminación en El Salto y Miravalle. Votar no ha servido para regular el crecimiento desordenado de la ciudad (dejado al burdo interés de la especulación). Votar no ha servido para tener un ingreso decente para quienes viven de su fuerza de trabajo. Si votar no ha servido para todas estas cosas, ¿para qué demonios sirve? El voto sirve para legitimar a una clase política incapaz y para dar aire artificial a un sistema político liberal que se cae a pedazos.

***

El abstencionismo, la mejor elección

Detrás de la supuesta apatía de los abstencionistas está la experiencia acumulada de amplias capas de la población que tras años y años de desencanto con el gobierno y la clase política profesional, sencillamente han llegado a la conclusión de que todos los partidos son lo mismo, y si esto es cierto, entonces, ¿para qué molestarse en ir a votar? ¿Para qué hacerle el juego a un sistema político que nos los representa?

Rubén Martín / Público, 14 abril 2009

Sigo pensando, como escribí en este espacio hace un par de meses, que lo mejor de la actual campaña electoral no es el entusiasmo para escoger a un candidato sobre otro o a tal partido por su propuesta o su ideología. No. Lo mejor de la actual campaña es que una buena parte de los electores está pensando en la mejor opción de hacer daño a los partidos y candidatos. La mayoría de la gente está hasta la madre de ellos, del gobierno, de las elecciones, en fin, del sistema político que se nos vende empaquetado como democracia y que en realidad es otra cosa.

Esta amplia mayoría que está en contra del actual sistema político, de democracia liberal representativa, se manifiesta en todas las encuestas con una proporción de entre 60 y 65 por ciento que dicen que no irán a votar en julio. El porcentaje es tan alto que empieza a preocupar a la clase política. Y tienen razón, pues así como el capitalismo se mueve por el lucro y el beneficio, el sistema político se alimenta de la legitimidad que concede la población y ésta, nos dicen, emana de las urnas.

De modo que empieza a configurarse un escenario en el que el dato más importante luego de las elecciones del 5 de julio no es qué partido ganó la Cámara de Diputados o las alcaldías en Jalisco, sino el porcentaje tan alto de personas que dejaron de ir a votar.

Pero resulta que este poderoso mensaje abstencionista (activo o pasivo, da igual) no sólo es criticado por los que están al mando de las instituciones del sistema político (organismos electorales, partidos, jefes de grupos políticos) sino también por un creciente número de académicos, periodistas y activistas de ONG´s que ahora que ya no tienen partido o candidato (como en el 2000 con Fox) creen que la mejor manera de expresar su rechazo a la clase política profesional es anular el voto.

Esta postura, me parece, es un desperdicio de energía y tiempo, y si lo que se quiere de verdad es un rechazo completo al actual sistema político, una estrategia equivocada.

Según los promotores de la anulación del voto, el mensaje que se envía mediante el abstencionismo se pierde entre los millones que no van por apatía. Es un falso argumento que no trata de ahondar en las razones de esa apatía. Detrás de esa postura, creo, está la experiencia acumulada de amplias capas de la población que tras años y años de desencanto con el gobierno y la clase política profesional, sencillamente han llegado a la conclusión de que todos los partidos son lo mismo, y si esto es cierto, entonces, ¿para qué molestarse en ir a votar? ¿Para qué hacerle el juego a un sistema político que nos los representa?

Los que llaman a anular el voto dicen que el abstencionismo no enviará ningún mensaje y, según ellos, las miles de boletas anuladas serán un poderosa señal a la clase política. ¿De verdad se imaginan a la clase política temblando con 100 mil boletas anuladas? ¿Es que no los conocen? ¿No bastan las decenas de casos de corrupción, impunidad, abusos a los que la clase política da vuelta a la página como si nada hubiera pasado? ¿Por qué creen que ahora sí los políticos profesionales tomarán en cuenta el mensaje de los votos anulados?

A mi me parece que es perder el tiempo. Hace rato ya que quedó claro que este sistema político liberal está en decadencia, hace tiempo que quedó claro que lo que hace falta no es otra reforma electoral (que es a lo más pueden aspirar los que llaman a anular el voto). Lo que necesitamos, si de verdad queremos cambios de fondo, es dejar que este sistema liberal que está cayéndose a pedazos, termine de morir para empezar a construir otro sistema basado en otras relaciones políticas. En este momento ir a anular el voto es hacerle el juego a los políticos que ya antes han traicionado la voluntad de la gente.

Ir a votar, aunque sea para anular la papeleta, implica de todos modos un elector que contará dentro del porcentaje de participación. Si están hartos de estos partidos, de este remedo de democracia, de esta clase gobernante, me pregunto, ¿para qué le hacen el juego? En las actuales circunstancias creo que es mejor ni siquiera considerar interlocutores a los gobernantes y a los políticos. Eso tiene más impacto que tomarse la molestia de ir a anular el voto.

Por eso creo que en estas elecciones, la mejor elección es no ir a votar.

***

Elogio del abstencionista

Rubén Martín / Público, 26 febrero 2009

Curiosamente el principal tema que se está generando en la actual campaña electoral es cómo no votar. Es más que evidente que el actual sistema electoral y de partidos cruje a más no poder; tal evidencia puede verse en todas las encuestas que confirman que cerca de 60 por ciento de la población en edad de votar, no lo va a hacer.

La cifra podría disminuir conforme se acerque la elección, pero lo que es un hecho es que el principal tema de la actual campaña, además de la crisis económica, no es por cuál partido o candidato votar sino el creciente rechazo a la clase política.

Una buena parte de las conversaciones de sobremesa giran en torno a cuál es la mejor manera de manifestar el rechazo a la clase política profesional y al sistema de partidos. Las opciones son ir y anular la papeleta electoral o simplemente no ir a votar.

Respeto a quienes dicen que no ir a votar es hacerle el juego a los abstencionistas y su carga de apatía y desinterés. Más bien creo que ir a anular el voto equivale a estar en desacuerdo con una función de circo y de todos modos pagar el boleto, aunque una vez adentro de la carpa se da la espalda a los payasos y domadores, en señal de rechazo.

Estoy en desacuerdo con quienes ven a los abstencionistas como apáticos e indiferentes. Se tiene la noción de que ser un buen ciudadano equivale a ir a votar cada tres años aún y cuando no se esté de acuerdo con ningún partido o candidato. Estos mismos votantes, que se asumen como el ideal de ciudadano politizado, subestiman y menosprecian a los que no van a votar. No es igual, dicen, el que hace el esfuerzo de levantarse para hacer fila, votar (aunque lo anule), que la persona floja e indolente que se queda en casa a ver el partido de fútbol, acompañado de cervezas y botanas.

Lo cierto es que esta noción es un estereotipo de clases medias y de dirigentes empresariales y políticos. Es un estereotipo que no solo no se corresponde con la realidad y que, en esencia, estigmatiza y subestima a quienes asumen la decisión conciente de no ir a votar. Sostengo que en esta actitud hay una inteligencia política popular bastante racional, coherente con una realidad social en la que se sitúan críticamente.

Antes de seguir con mis opiniones, vamos con los expertos y los hechos. La definición de abstencionismo no provoca mayores controversias. El abstencionismo es “la falta de participación en el acto de votar”. 

Al desmenuzar la conducta los expertos indican que hay cuatro tipos de abstencionistas: 1) el apático que se define como aquél que no encuentra incentivos para ir a votar; 2) el técnico donde entran los que no se inscribieron en el padrón electoral, los discapacitados que no pueden completar el trámite de registro; 3) el cívico, donde entran los ciudadanos que sí van a votar pero anulan la boleta; y, 4) el político, donde entran los ciudadanos que se abstienen de modo consiente por inconformidad con el sistema político.

Las cifras nos indican que en los últimos 30 años en Jalisco únicamente ha participado la mitad de los electores. Esta cifra maciza debiera hacernos pensar que hay algo más que apatía. Estos hechos y datos me llevan a concluir que el abstencionismo no es apatía, que es una postura política fundada en la evidencia de que votar no sirve de nada.

Al menos no sirve para resolver los asuntos esenciales de la reproducción de la vida. Votar no sirve para remediar la contaminación en El Salto, votar no sirve para regular el crecimiento desordenado de la ciudad (dejado al interés del mercado), votar no sirve para que los políticos dejen de ser negocios al amparo del poder y de manejarse como la nueva aristocracia.

Pero en esencia, votar no sirve para tener un ingreso decente para quienes  viven de su fuerza de trabajo, no sirve para evitar que haya abusos laborales y para contar con un sistema de seguridad social digno, votar no sirve para que todos tengan una casa decente, y para que nadie pase hambre. Si votar no sirve para todas estas cosas, ¿para qué demonios sirve? El voto sirve para legitimar a una clase política incapaz, y para dar aire artificial a un sistema político liberal que se cae a pedazos.

Más que apatía, el abstencionista tiene una postura política clara y, en cierto sentido, más radical que cualquiera de las opciones políticas partidarias. El abstencionismo es una manifestación del discurso oculto de las clases subalternas que han terminado de convencerse de que las opciones para cambiar, para bien, su vida no vendrán de las clases dirigentes, sino que tienen qué construirlas ellos mismos, de manera autónoma y con otras relaciones sociales.

***

Liberales al borde de un ataque de nervios

No debería ser posible que en un país donde la mitad de la población vive en la pobreza, el sistema electoral y de partidos, del 2000 a la fecha, haya costado más de 121 mil millones de pesos a los mexicanos

Rubén Martín / Público, 18 junio 2009

Es tan poco seria la actual campaña electoral que un perro se ha convertido en el mejor candidato. Se trata de Fidel, el “candidato de la perrada” que ha empezado a ganar simpatizantes con tres sencillas propuestas: “no voy tras un hueso”, “no soy gato de nadie”, y “di no a la mordida”. Las propuestas de Fidel, que en los próximos días dará una rueda de prensa, pueden consultarse en su sitio: http://www.candidatofidel.blogspot.com. Al parecer Fidel, el candidato de la perrada, se convertirá en un candidato más confiable y creíble que la mayoría de quienes aparecerán en las boletas. Vaya paradoja, una creativa campaña que cuesta apenas unos pesos, tiene el mérito de ser más atractiva que las maniobras de búsqueda de votos que están usando la mayoría de partidos.

Campañas que, habrá que recordar, nos van a costar a los ciudadanos cerca de 500 millones de pesos nada más aquí en Jalisco, eso sin contar el dinero no registrado que los candidatos del PRI y del PAN en la zona metropolitana están gastando y que al final no reportarán al organismo electoral.

Ésta es una de las grandes contradicciones que está revelando la actual campaña electoral. El sistema electoral y de partidos (y en conjunto el sistema político liberal mexicano) requiere de inmensas sumas de dinero público y privado para reproducirse, pero no logran credibilidad.

Una buena parte de este dinero va a parar a los medios de información, especialmente las televisoras, porque el sistema electoral y de partidos necesita aparecer en las pantallas de televisión, tal como los adictos requieren su droga. La actual política profesional no se puede entender sin la televisión. Es el esquema perverso de la videopolítica que envenena un proceso democrático auténtico, como lo denunció hace una década el politologo italiano Giovanni Sartori.

La cantidad de dinero del público que requiere este sistema es espantosa. Un analista de la Cámara de Diputados acaba de presentar dos informes que confirman esta sentencia. Según Reyes Tépach (analista del Sistema de Investigación y Análisis de la Cámara), entre 2000 y 2009 el sistema electoral y de partidos ha costado a los mexicanos 121,872 millones de pesos (mdp). De este mundo de dinero el IFE se ha llevado 93,522 mdp y el Trife 10,899 mdp. En tanto, los partidos se han repartido 28,350 millones de pesos.

Cuando se critican estas estratosféricas cifras, los defensores del sistema alegan que no se puede regatear dinero para la democracia. Pero el asunto es que no tenemos democracia, sino un sistema político funcional al modelo de acumulación de capital y un sistema de prebendas para la clase política que se ha convertido en la aristocracia moderna.

Por eso a estas alturas ha quedado patente que lo más relevante en esta campaña ha sido la manifestación de hartazgo de la población hacia la clase política por el cúmulo de excesos personales, grupales, partidarios e institucionales que los profesionales del poder han cometido en contra de quienes dice gobernar.

Y estos están nerviosos, preocupados y en el fondo molestos porque supuestamente se les está satanizando. Pero en lugar de entender la profunda fractura que existe entre el mundo de la política profesional y la sociedad, los políticos profesionales están ofreciendo las mismas respuestas de siempre.

Tal como se veía venir, la clase gobernante ofrecerá otra ronda de foros y una reforma política para apaciguar o cooptar a los inconformes. Así lo anunció el martes anterior el senador priista Manlio Fabio Beltrones quien dijo que el foro tiene como propósito hacer “los ajustes que se deberán realizar rumbo a las elecciones de 2012”. Es decir, pan con lo mismo. Otra reforma política que solamente velará por los intereses de la clase política.

El problema es que para muchos integrantes del movimiento anulista esta podría ser una salida e incluso su apuesta para lograr protagonismo en la vida pública. Y si esto llega a ocurrir se repetiría la misma historia de siempre, acuerdos cupulares que no toman en cuenta al México plebeyo.

Lo más interesante de todo es que mientras los liberales están al borde de un ataque de nervios, y algunos anulistas comen ansiar para cosechar la actual movilización de hartazgo, el México plebeyo camina a sus tiempos y a sus modos para hacer el cambio de fondo que se necesita, y eso no tiene nada que ver con otra reforma política más.

***

La democracia y el precio de las tortillas 

Rubén Martín / Público, 2 julio 2009

La actual campaña electoral ha sido útil para algo: para confirmar la profunda fractura que existe entre la amplia mayoría de la población del país y la clase gobernante. Las sucias campañas electorales, el excesivo gasto del aparato electoral y de partidos, el dinero negro que usan los candidatos para rebasar impunemente los límites de gasto, la política cómo espectáculo en que se han convertido los procesos electorales, han terminado por hartar más a la gente de lo que ya estaba.

De este hartazgo y de esta fractura profunda entre sociedad y clase gobernante se alimenta la creativa y eficaz campaña anulista.

Pero esta crisis política no surge ahora de la nada, viene gestando desde varios años atrás. Habría que remontarse a la crisis capitalista mundial y nacional de los años 70. Entonces se agotó el modelo desarrollista industrialista y entró en crisis el modelo autoritario priista. Hubo una crisis de rentabilidad (capitalista) y crisis de legitimidad (política) y para enfrentar esta doble crisis, las clases dirigentes de este país llevaron a cabo una reestructuración económica y política.

La actual irritación y desencanto de la población ante los políticos y la política proviene de un triple engaño que las clases dirigentes de este país cometieron en contra de la población en los últimos 25 años.

1) El engaño de la modernización económica y social mediante la política económica neoliberal propuesta desde Miguel de la Madrid.

2) El engaño de la transición a la democracia.

3) El engaño de que los dos procesos anteriores transformarían a México en un país moderno, democrático y justo.

El proyecto de las clases dirigentes del país ha resultado un completo fracaso. En lugar del paraíso neoliberal y de la transición política que ofrecieron tenemos: 1) Un país devastado ecológica y económicamente; 2) un país sin democracia; y 3) un país sin justicia social.

El dato más importante es que ahora las personas y las familias tienen qué trabajar más ahora que antes para reproducir sus vidas.

Dos series de datos ayudan a confirmar esto: Las horas de trabajo de una familia para comprar la canasta básica han aumentado considerablemente en el periodo neoliberal. En el sexenio de Luis Echeverría Álvarez se requerían cinco horas de trabajo para comprar la canasta básica; con Carlos Salinas de Gortari se necesitaban 16 horas y con Vicente Fox Quesada eran necesarias 40 horas de trabajo.

El precio de las tortillas también ilustra cómo las condiciones de vida se han vuelto cada vez más difíciles para la gran mayoría de la población. En 1982 se podían comprar 26.5 kilos de tortilla con un salario mínimo; en 1994 un minisalario compraba 20.3 kilos; al arranque del sexenio de Fox la relación era de 6.9 kilos y ahora en este año electoral un trabajador apenas puede comprar 5.3 kilos de tortilla con su salario de un día.

Eso sí, se han creado camadas de ricos mundiales. Los ricos mexicanos en la revista de Forbes pasaron de acumular 24,900 millones de dólares (mdd) en el 2000 a casi 74,100 mdd en 2007.

En resumen, la “democracia” no ha ayudado a mejorar la vida de los jaliscienses o de los mexicanos. Pero según servidores públicos y pensadores liberales, ésta no sería una de las funciones de la democracia.

Pero debería serlo y el que no lo sea es uno de los problemas centrales del actual sistema político. Lo que tenemos es que el sistema liberal es completamente disfuncional para resolver los problemas de la gente.

Un sistema realmente político realmente democrático tendría que tener como su primera función atender las demandas de la mayoría de la población y mejorar la calidad de vida de la gente.

Pero como ahora no ocurre así, se está manifestando esta profunda insatisfacción con las elecciones y candidatos y por ellos crecerá la abstención, porque votar no ha servido para que los políticos dejen de ser negocios al amparo del poder y de manejarse como la nueva aristocracia.

Votar no ha servido para tener un ingreso decente para quienes viven de su fuerza de trabajo, no ha servido para evitar que haya abusos laborales y para contar con un sistema de seguridad social digno.

Votar no ha servido para que todos tengan una casa decente, y para que nadie pase hambre. Si votar no ha servido para todas estas cosas, ¿para qué sirve? Únicamente para legitimar a una clase política incapaz, y para dar aire artificial a un sistema político liberal que se cae a pedazos.

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Un comentario en “Compendio de razones para no votar

  1. Yo fui a votar ayer y anulé. Creo en la democracia participativa, sin embargo, la representativa del México actual es, en una palabra, horripilante. Creo que anular o abstenerse a votar impacta en un sólo sentido: denotar la inconformidad ciudadana, pero hasta ahí. En cierto modo, es como ir a votar, es decir: denotar la conformidad ciudadana.
    Además, creo que el abstencionismo es un elemento natural y siempre presente en las elecciones mexicanas. Realmente son pocas las personas que se involucran en el proceso electoral, y menos aún los que están ahí porque creen que con el sufragio conseguirán mejorar su comunidad.
    Creo que quedarnos en el voto nulo o blanco sería un error si con ello no se propiciara la participación ciudadana en otras aras de la sociedad, llámese asociación ciclista; cine club; club de costura; etc. Ese es nuestro lado flaco.

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