Twitter no basta para la revolución

twittwerLas redes sociales amplifican las protestas y generan opinión en oleadas, pero no sacan a los ciudadanos a la calle. La información en directo se mezcla con trivialidades y rumores

Silvia Blanco / El País, 9 julio 2009

Twitter se ha convertido en un arma explosiva contra la censura. A veces, como en Irán, en la única arma a disposición de la disidencia. Y muchos Gobiernos, como el chino, la temen. Por eso el lunes, cuando estalló la violencia étnica en Xinjiang, Twitter fue bloqueado. “Lo han hecho porque es un medio instantáneo, y que los que mayores conocimientos tecnológicos tienen lo utilizan para enseñar a otros a lanzar mensajes al exterior”, cuenta desde California Xiao Qiang, fundador de la web China Digital Times. Esta página está recogiendo y traduciendo del chino al inglés los tweets sobre la violencia en Urumqi que están logrando esquivar la censura.

Pero esta herramienta de los ciudadanos aún no saca gente a la calle. “Ojalá los revolucionarios de antes hubieran tenido Twitter”, dice Enrique Dans, profesor de sistemas de información del IE Bussiness School y bloguero (www.enriquedans.com). “Su capacidad es la de calentar una protesta, amplificarla y acelerarla. Es muy fácil crear adhesiones, lo difícil es trasladarlas al mundo real. La chispa que prende una protesta virtual casi siempre viene de un hecho. Ocurrió con la represión en Tíbet el año pasado, y ha ocurrido en Irán. Las redes sociales amplifican la protesta, pero aún no la suscitan”, agrega.

Movilizar la solidaridad y la adhesión de centenares de miles de personas en el mundo sobre lo que ha ocurrido en Irán ya es un cambio. Ramine Darabiha, francés de 25 años, pasó la madrugada del 13 de junio pegado al ordenador. A unos 3.000 kilómetros de Teherán, estaba igual de atónito que sus padres en París y que sus familiares y amigos en Irán por el hecho de que tanto Musaví como Ahmadineyad se atribuyeran la victoria en las elecciones. Primero rastreó las webs de noticias en busca de información; al poco se topó con cientos de frases en Twitter y dos palabras recurrentes: fraude y censura. Supo que Facebook estaba bloqueado, igual que los móviles y los SMS. Y que desde Tampere, en Finlandia, podía estar en las protestas.

Hace cinco años decidió mudarse a esta ciudad ideal para un emprendedor que quiere especializarse en negocios en Internet. Allí está el centro de I+D de Nokia, un imán para cerebros de las telecomunicaciones de todo el mundo. Y Nokia es, junto con Siemens, la empresa (Nokia Siemens Networks) que vendió a Irán la tecnología para filtrar y controlar las comunicaciones, como a otros 150 países, según The Wall Street Journal y la BBC. Además, la compañía estatal Iran Telecom es la que gestiona casi todo el tráfico de la Red, lo que supone disponer de algo así como el botón que permite apagar Internet y los móviles.

Cuando el Gobierno iraní decidió pulsarlo, se encendió una inmediata, gigantesca y global cadena de mensajes, de no más de 140 caracteres, para opinar, protestar y solidarizarse con los iraníes a través de la red social Twitter. Darabiha dio un paso más: contribuyó, como cientos de internautas de medio mundo, a crear puentes que sortearan la censura para quienes estaban en Irán. Se dedicó a poner en Twitter direcciones de sitios que no dejan rastro de adónde va la información ni de dónde ha salido.

Fotos, vídeos y testimonios empezaron a circular frenéticamente por la Red. Un estudio de The Web Ecology Project, adscrito a la Universidad de Harvard, el Berkman Center y el Massachusetts Institute of Technology (MIT), registró entre el 7 de junio (antes de las elecciones) y el 26 algo más de dos millones de mensajes en Twitter sobre el proceso electoral en Irán. Unos 480.000 usuarios únicos se sumaron a la conversación. Los medios de comunicación y las agencias, cuyos corresponsales sufrieron la censura cuando no fueron expulsados de Irán, bautizaron el fenómeno como la revolución Twitter. El semanario The Economist resumió en un titular: “Twitter 1, CNN 0”. “Es la primera vez en la que cualquiera, esté donde esté en el mundo, puede participar” en la protesta, dice por teléfono Darabiha. Un inmenso caudal de voces en tiempo real, capaz de amplificar una causa de manera exponencial.

Hasta aquí las cualidades (muchas). Pero en el análisis de cómo inciden las redes sociales en contextos de crisis empieza a colarse el escepticismo. O más bien, una moderación del entusiasmo general. “Los medios de pronto se han fijado en Twitter quizá porque los periodistas no tenían otro modo de acceder a la información. Es un gran medio de comunicación, pero no para organizar manifestaciones, por ejemplo. Los líderes reformistas tomaron la decisión de salir a la calle en el mundo real y luego usaron distintas redes para difundirlo porque eran los únicos canales que tenían”, explica Hamid Tehrani, responsable de los contenidos sobre Irán de Global Voices Online, una potente plataforma de blogs de protesta en la Red.

En opinión de Diego Beas, analista político que prepara un libro sobre el impacto de las nuevas tecnologías en la política de EE UU, “los medios buscan identificarse con las redes sociales, tienen gran interés en incorporar Twitter o Facebook y vídeos de YouTube. Se ha visto con Irán, cuando The New York Times o EL PAÍS abrieron en sus webs un canal de Twitter. Pero aún es pronto para saber qué alcance real ha tenido esa red social en las elecciones y en la posterior protesta”.

Twitter es velocidad e intensidad. La madrugada del lunes pasado, cuando la atención internacional estaba puesta en Honduras, el canal dedicado al país en Twitter estaba muy activo. Anticipó que el depuesto presidente Zelaya no podía aterrizar. Que se dirigía a Nicaragua y luego a El Salvador. Que había muertos y heridos. Horas después, Honduras desapareció de los temas más comentados. Un twitt del lunes, traducido del inglés, resume la idea de protesta-suflé: “Ayer Honduras e Irán estaban todavía en las noticias. Hoy, Miley Cyrus [la actriz que interpreta a Hannah Montana] es uno de los temas de moda

[los 10 sobre los que más se habla]. Todo está bien ahora”. No hay tiempo para el análisis. Twitter no requiere narración, como en un blog. Es más rápido. La conversación surge y se desvanece.

En Facebook, unirse a una causa es igual de sencillo. Cada cual elige el grado de implicación. Desde ese clic, a pasarse varios días enseñando a otros internautas a esquivar la censura como en el caso de Ramine Darabiah.

Cualquiera que utilice Facebook puede, con la misma naturalidad, “hacerse fan” de Chiquito de la Calzada y apoyar a uno de los grupos dedicados a Neda Agha Soltan (los hay por decenas), la mujer de 26 años que murió en una manifestación en Teherán. Se vio su agonía y su historia conmovió a medio mundo. Uno de ellos, llamado Neda, tenía ayer 37.956 miembros. La explicación sobre porqué Darabiah se involucró en ayudar a otros internautas es reveladora: “No soy un ciberactivista. Soy alguien que participa en la conversación [de las redes sociales], como cuando recomiendo una película que me gusta en Facebook. No lo hago como un militante. Esto

[la represión en Irán] es más importante, por supuesto, pero el proceso es el mismo”, aclara por teléfono. Sin embargo, también es crítico con ese fenómeno. En su página web dice: “La gente se está uniendo al movimiento como si fuera parte de un juego. Quieren ver qué pasa en tiempo real. Quieren ser parte de algo excitante. Más noticias, más fotos gore”. En algunos casos, son los propios promotores de grupos de adhesión los más sorprendidos. “No hubiera esperado tanta expectación por haber creado una página ni en mis sueños más salvajes”, cuenta a través de Facebook, desde Nueva York, Ron Agam, de 50 años, que fundó el grupo Facebook for Democracy in Iran, con 1.700 seguidores. “Hay millones de personas normales como yo que hicieron algo para ayudar. Y de pronto nos dimos cuenta de que estábamos conectados, de que algo podía cambiar y de que mostrando nuestra solidaridad saben que no están solos”.

Pocos iraníes, sin embargo, sintieron ese afectuoso apoyo al principio de las protestas, porque Facebook estaba bloqueado. Quedaba Twitter. La principal crítica a este canal es la de la credibilidad. Es una herramienta muy democrática, pero en todos los sentidos: cualquiera puede decir cualquier cosa. “No podemos estar seguros de la información que obtenemos de Twitter. Muchos de los iraníes que twittean son activistas, otros muchos no viven en Irán y sus mensajes no proceden de las manifestaciones, y alguna información es errónea: hace poco se dijo que se habían concentrado 700.000 personas en la mezquita de Ghoba en Teherán, ¡los medios de comunicación hablaban de 5.000! Al poco tiempo, el dato se podía leer en blogs estadounidenses. En esa mezquita no cabe ni una décima parte de gente de lo que se dijo”, ejemplifica Teherani. Otro de los rumores más difundidos es que Musaví estaba bajo arresto domiciliario.

El asunto se enmaraña aún más cuando aparecen grupos como Twittspam.org, que, bajo el altruista pretexto de defender a los internautas, elaboran un listado de sospechosos que “pueden estar vinculados al aparato de seguridad iraní”, y recomiendan que se les bloquee. Alguien hace el siguiente comentario en la página: “¿Por qué debería confiar en que Twitspam.org acusa con pruebas a estas cuentas? No lo digo porque dude, pero debemos estar seguros antes de negar a alguien el derecho a opinar”.

La idea de que en esa minoría que usa Twitter en Irán haya espías del Gobierno que tratan de influir o de desinformar es una posibilidad, aunque los analistas la contemplan con cautela. Enrique Dans admite que “la parte represora en Irán se ha puesto muy bien las pilas, Ahmadineyad tiene su web y la usa”, y advierte de que el Gobierno siempre puede jugar al mismo juego que los internautas: “Puede crear puentes, ceder esos mismos servidores proxy como los que han creado otros internautas solidarios, y cazarlos ahí. Por eso Twitter ha sido tan relevante en esta protesta, porque no hay que pasar necesariamente por la página web. Hay decenas de empresas intermediarias que los redireccionan a otras redes sociales. Pero sobre todo, es la tecnología centralizada que tiene Irán la que le permite inspeccionar correos, conversaciones…”.

Muchos Estados tratan de controlar la Red. China, por ejemplo, aplazó la semana pasada su idea de incorporar a cada ordenador que se venda un filtro para bloquear páginas. El argumento oficial es que así frena la pornografía infantil. El de los internautas y organizaciones de derechos humanos, que es censura pura y dura. Australia tiene un sistema similar. “Son coartadas”, dice Dans. “Los Gobiernos emplean la seguridad y la lucha contra la pornografía infantil para controlar. La diferencia es que, en las democracias, hay garantías de confidencialidad, pero insuficientes”.

Si hay un político que ha logrado usar el potencial de las redes sociales a su favor es Barack Obama. El éxito de su campaña presidencial se debe, en gran medida, a que consiguió “conectar el mundo online con el offline”, explica Diego Beas. “Obama tenía de su lado a la comunidad tecnológica. Y entendió que no se trataba tanto de lanzar mensajes como de motivar, de delegar en un equipo, de crear un movimiento continuado en el tiempo. Además, ya había un proceso de maduración de las redes sociales en EE UU, una cantidad de usuarios muy extendida, y estaba YouTube”, comenta.

El afán por influir en la Red está inoculado en cualquier político. Pero los que pretenden censurar fracasarán a largo plazo: “Es imposible, no podrán poner puertas al campo”, asegura Beas.

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