La primera dama marca el paso

Hace 30 años, muchos jóvenes fuimos seducidos por la esperanza de cambio para Nicaragua  y América Latina que representaba la Revolución Sandinista. La profunda rebelión llevada a cabo por el pueblo nicaragüense fue capitalizada por un grupo político y guerrillero (el Frente Sandinista de Liberación Nacional -FSLN-) que ahora, al regresar al poder de la mano de Daniel Ortega, se encuetnra metido en un profundo desprestigio. Este reportaje del corresponsal de El País ofrece pinceladas perfectas los grados de corrupción, protagonismo y afán de poder que envuelven a la cúpula sandinista. Se requiere, desde la izquierda, hacer una crítica a estas prácticas que entorpecen la posibilidad de un auténtico cambio social en América Latina. Con este propósito comparto este reportaje.

Foto: Reuters-el País
Foto: Reuters-el País

El viejo proyecto sandinista ha quedado reducido a una conjura de Ortega y su esposa, Rosario Murillo, para perpetuarse en el poder en Nicaragua

PABLO ORDAZ (ENVIADO ESPECIAL) / El País, Managua – 20 julio 2009

Es casi la madrugada del domingo 19 de julio. Dentro de unas horas, la plaza de la Fe de Managua se llenará de gente para celebrar el 30º aniversario de la Revolución Sandinista. Pero a esta hora, en medio del gran escenario dispuesto para la fiesta, una mujer morena vestida de azul y con un chal rojo sobre los hombros supervisa los arreglos florales y la calidad del sonido, quién hablará antes y quién después. Es la misma mujer que ha escrito con su letra de molde las pancartas que adornan las calles y cuya voz convoca a la fiesta a través de las cuñas radiofónicas. Pero también es la mujer que redacta los decretos, preside las sesiones del Gobierno, traduce al inglés las palabras de su marido, el comandante Daniel Ortega, en sus viajes al extranjero. Se llama Rosario Murillo.

Es ella, según propios y extraños, quien verdaderamente manda en Nicaragua.Hay una persona que conoce bien a la pareja. La trató de tú a tú durante años hasta que la relación se rompió. El retrato que hace, primero de Daniel Ortega y luego de Rosario Murillo, desemboca en una conclusión: forman la pareja perfecta para llevar adelante su gran proyecto de perpetuarse en el poder. “Daniel es un hombre solitario. Siempre lo fue. Tiene el síndrome de la cárcel, de la clandestinidad. Le gusta comer de pie, hasta con las manos, no perder tiempo en esas cosas. Y ya no tiene pares en la dirección del Frente Sandinista. Sabe que, en cuanto él falte, se desencadenará una rebatiña de poder en el partido. No se fía de nadie”.

Las pinceladas sobre Rosario son igual de contundentes: “Tiene una obsesión desmedida por controlarlo todo. Desde el arreglo de las flores hasta las sesiones de Gabinete. Esa obsesión nace de una gran inseguridad. De una inseguridad sobre su papel. Porque por mucho poder que ella refleje, es sólo un reflejo. Ella sabe que en el Frente la detestan. El poder, en un partido tan patriarcal, se mide por una cuota de sufrimiento. Cuántos años pasé en la cárcel, cuántos familiares perdí en la guerra. Rosario sabe que ahí no tiene nada que ofrecer”. La conclusión, en la que también coinciden otras fuentes consultadas, de dentro y de fuera del Gobierno de Nicaragua y del Frente Sandinista, es unánime: Daniel Ortega depende de Rosario Murillo. Y Rosario Murillo, de Daniel Ortega. El viejo proyecto sandinista ha quedado reducido a una conjura de la pareja para perpetuarse en el poder.

La alianza, más importante que una de sangre, quedó sellada en 1998. Aquel año, Zoilamérica Narváez Murillo, hija de Rosario Murillo, denunció a Daniel Ortega, su padrastro, por acoso sexual, abusos y violación desde los 11 a los 19 años. El comandante se amparó en su impunidad de diputado y… Rosario Murillo se puso de su lado, enfrente de su propia hija. “Aquel apoyo monstruoso costaba muy caro”, asegura una persona muy cercana a la pareja, “tan caro que Daniel Ortega se lo tendrá que pagar durante toda su vida a Rosario Murillo”. No mucho después de aquella denuncia, el viejo comandante revolucionario y su compañera de vida sellaban una unión tan férrea casándose por la Iglesia. Como recuerda la escritora nicaragüense Gioconda Belli, “los discursos de Daniel Ortega se llenaron de frases bíblicas y alabanzas a Dios. Y, como ofrenda final, Ortega apoyó la revocación de una disposición constitucional del siglo XIX que autorizaba la interrupción del embarazo si hacía peligrar la vida de la madre”.

Una ofrenda a su nuevo Dios que todavía duele en Nicaragua. De hecho, Amnistía Internacional está denunciando estos días que Nicaragua es uno de los pocos países en el mundo que mantiene una prohibición absoluta para el aborto “aun en los casos en los que la vida o la salud de la mujer pueda peligrar si no se practica un aborto terapéutico”. Pero Daniel Ortega necesitaba el apoyo de la Iglesia para regresar al poder y no le importó que su ley estuviese en contra de los ideales y promesas de la Revolución Sandinista. Rosario Murillo seguía estando a su lado.

La preocupación de la pareja se orienta ahora a su permanencia en el poder. Según denuncian los medios locales, Daniel Ortega pretende reformar la Constitución para que él, o tal vez Rosario Murillo, puedan seguir al frente de Nicaragua. Entretanto, sus hijos, colocados en puestos estratégicos, controlan los beneficios del petróleo, la producción ganadera y agrícola. Y mientras, en una fecha tan señalada como la del 19 de julio, las fotografías de los periódicos muestran a escolares refugiándose de los tremendos aguaceros colocando los pupitres sobre sus cabezas. Todo el mundo coincide en Nicaragua: la Revolución Sandinista fue positiva. Quitó la tiranía de los Somoza y le dio conciencia social y política al país. A partir de ahí…

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