Conclusión: al cacique no se le toca

Arturo Campos Cedillo, La Jornada Jalisco
Foto: Arturo Campos Cedillo, La Jornada Jalisco
Escribí este artículo de opinión el 31 de julio de 2008, durante la parte álgida del conflicto entre el entonces rector Carlos Briseño Torres y el jefe político del grupo UdeG. La pongo a la entrada del blog porque creo que tiene apuntes que se vuelven vigentes ahora que dicho conflico terminó de manera trágica el pasado jueves con la muerte de Briseño.

Rubén Martín / Público, 31 julio 2008

 

Todo parece indicar que la pelea entre Carlos Briseño Torres y Raúl Padilla López durará menos de lo previsto, y muchísimo menos que lo estimado por el rector de la Universidad de Guadalajara (UdeG) y sus asesores. Sin lugar a duda subestimaron el control y dominio que los Padilla ejercen en la casa de estudios pública.

La respuesta del padillismo contra los amagues de Briseño de ejercer la Rectoría sin consultar al jefe y al grupo fue mucho más contundente y rápida de lo que pensaron quienes despachan en la sede administrativa.

Briseño y su equipo calcularon mal algunas cosas: que la alianza con Emilio González podría ayudarles; que podrían capitalizar los supuestos indicadores positivos de la Universidad; que el discurso de la transparencia, la famosa “cajita de cristal”, habría revertido la mala imagen de los administradores de la Universidad por las sospechas de que se hace mal uso del dinero público, y que bastaba asumir un discurso opositor al grupo universitario para que la supuesta mala imagen que tiene Raúl Padilla entre los tapatíos se convirtiera en un apoyo a favor de Briseño, en su cruzada por recuperar el ejercicio del poder universitario para la Rectoría. No fue así.

Empezaron la pelea en una condición desventajosa. Raúl Padilla, su hermano Trinidad Padilla, Tonatiuh Bravo Padilla y Alfredo Peña Ramos tienen el control de más de 90 por ciento de los consejeros; once de catorce rectores; las dirigencias de los sindicatos de académicos y administrativos, así como la presidencia de la FEU. Los briseñistas se equivocaron también al pensar que podrían encontrar cierto respaldo en la opinión pública, especialmente entre ciertos universitarios cansados del cacicazgo de Raúl Padilla. No ha sido así porque esta es una pelea de cúpulas, no es un movimiento de universitarios contra las cúpulas.

En tres semanas los padillistas se reagruparon y respondieron de forma contundente, en parte por el control que tienen de las instancias de poder y en parte gracias a las debilidades de la figura de Briseño, especialmente su protagonismo y su ambición por convertirse en candidato a gobernador usando la UdeG.

Esos sueños de grandeza política, al parecer, ya son cosa del pasado, como también parece ser cosa del pasado la posibilidad de que Briseño tuviera la fuerza para ejercer la Rectoría, acelerando la jubilación de Raúl Padilla como jefe del grupo para quedar sólo como promotor cultural.

Al contrario. El conflicto reactivó el oficio político del licenciado Padilla y volvió a operar las decisiones y maniobras para acotar a Briseño y doblegarlo. Lo que ha ocurrido en los últimos días revela la destreza y el oficio político de Raúl Padilla, pero también las enormes ventajas de ejercer como jefe único en un cacicazgo político. Es cierto que Raúl Padilla tiene habilidades en ese ámbito, pero también se revela que el control unipersonal sobre un aparato público tan grande como la UdeG ofrece innumerables ventajas.

En los últimos dos días, Raúl y Trinidad Padilla llamaron a cuentas a varios briseñistas, les leyeron la cartilla y pidieron lealtad al grupo originario, el que supuestamente les dio carrera en la Universidad, los envió a un posgrado en el extranjero y les dio seguridad económica. Es decir, los Padilla manejan los asuntos de la Universidad como si fueran propios, como si se tratara de una empresa familiar. Casi con seguridad Briseño ha actuado de manera semejante o lo haría si eventualmente hubiera ganado la batalla.

Eso es lo más lamentable de la situación que vive la UdeG, que se trata de una pelea entre dos facciones de un grupo político. No es una batalla de universitarios independientes contra el cacicazgo que un grupo ha ejercido en la casa de estudios.

La pelea no es entre la “cajita de cristal” contra los que quieren la institucionalidad. Es una pelea entre dos facciones de un cacicazgo político. En este sentido no deberían confundirse algunos universitarios que quieren un cambio de fondo en la UdeG. La pelea no les atañe, no nos atañe a quienes queremos una UdeG sin la tutela de un grupo político.

Quizá la única ventaja es que se mostró de manera cruda cómo se toman y manejan las decisiones al seno de la UdeG. El conflicto ha lesionado la imagen que el propio Raúl Padilla se ha labrado: como un eminente promotor cultural. Sí, gracias a los enormes recursos públicos que controla como el cacique indiscutible en la UdeG.

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