PAN, fin de un ciclo

Foto: Arturo Campos Cedillo, La Jornada Jalisco

Quince años después se puede confirmar que el programa panista fue un absoluto fracaso. Ninguna de las grandes ofertas electorales prometidas se ha cumplido. Los panistas ofrecieron limpiar la corrupción, lo que no lograron. A cambio hubo comaladas de nuevos ricos panistas

Rubén Martín / Público, 10 diciembre 2009

El último día de este mes termina un ciclo político en el estado que consiste en el dominio del PAN en los gobiernos de la zona metropolitana de Guadalajara. Este dominio termina a partir de que las actuales administraciones panistas entreguen el poder a gobiernos emanados del PRI.

Aunque el PAN todavía tiene en sus manos el Ejecutivo, con propiedad puede hablarse del fin de un ciclo de hegemonía de Acción Nacional en la política local, pues las derrotas electorales cosechadas el 5 de julio dieron como resultado que habrá gobiernos municipales blanquiazules apenas para dos de cada diez jaliscienses.

¿Cómo evaluar el ciclo político de hegemonía de Acción Nacional? Hay varios modos, pero el primero que se me ocurre consiste en comparar qué ofrecía el PAN en la oposición, en particular en la campaña electoral de diciembre 1994-febrero 1995, con los resultados obtenidos.

El ambiente político del invierno 1994-1995 explica los contenidos de esa oferta: la población estaba hasta la madre del PRI, partido al que se asociaba, con razón, con malos gobiernos, corrupción, crisis económica, inseguridad, y caída en las condiciones de vida. La oferta panista ofreció a los electores remediar los males del estado que se llamaban PRI.

Los candidatos panistas prometieron que con el cambio de partido en el poder, llegarían políticos honestos, que limpiarían la corrupción, administrarían mejor los recursos públicos, mejorarían sustancialmente la atención y los servicios y ofrecerían resultados concretos a los contribuyentes, a la población. En suma, ofrecieron mejor calidad de vida gracias a estas nuevas políticas de la alternancia.

Quince años después se puede confirmar que el programa panista fue un absoluto fracaso. Ninguna de las grandes ofertas electorales prometidas se ha cumplido.

En los gobiernos de la alternancia también han salido comaladas de de nuevos ricos, ya sea por las carreras dentro de la política profesional, como por la vía de sacar ventaja del cuantioso manejo de capital público que se concentra en el ejercicio del gobierno.

En quince años no se abatió la miseria de cientos de miles de habitantes de la zona metropolitana de Guadalajara, pero sí se consolidó una clase política panista compuesta de miles de personas que vieron en la política un canal de ascenso social, jugoso y lucrativo, que la mayoría no habría obtenido si se hubiera dedicado a otra profesión.

La corrupción tampoco se erradicó. Para empezar, los panistas fueron incapaces de penalizar las corruptelas de los priistas, por temor o por intercambio de trapacerías. Y la impunidad sigue tan campante como en la era del viejo autoritarismo priista. Es probable que la corrupción al seno del Poder Judicial sea peor ahora que hace quince años.

¿Ha mejorado la administración pública con los gobiernos del PAN? Sí, en algunas áreas y en ciertos periodos. Sin duda los primeros gobiernos panistas tenían fresco el compromiso con los electores, cierto compromiso moral y ganas de repetir electoralmente. Pero en el balance de quince años, los gobiernos municipales son vistos como enormes burocracias, una traba constante para que las personas puedan trabajar o dedicarse a su negocio.

En resumen, a quince años de gobiernos priistas, la calidad de vida no es mejor ahora. Por el contrario, la pobreza ha crecido, al igual que la desigualdad. La polarización y antagonismo social son más evidentes.

Pero las cosas no serían mejores si el PRI siguiera gobernando. No lo serían, porque el cambio fundamental en la vida de los habitantes de esta región se diseñó, en gran medida, por poderes que escapan a la soberanía local.

Con todo uno de los cambios sustanciales, en estos quince años, consiste en la erosión paulatina y consistente del modelo político liberal que pretende extender su dominio hacia todos los ámbitos de mundos de vida de la población. La cúspide de la legitimidad y respaldo al proyecto de la alternancia ocurrió en los comicios de 1995 (votó 71 por ciento del padrón), para caer 20 puntos porcentuales de participación en los pasados comicios.

La gente creyó en la promesa de que podía cambiar sus condiciones de vida apoyando a un partido, creyendo en los candidatos, y confiando en las elecciones. Esta apuesta ha resultado un fracaso. La política profesional está ahora más desprestigiada que cuando el PRI estaba en su peor momento. En otras palabras, el modelo liberal está más que nunca en crisis.

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