Supersticiones democráticas

Gustavo Esteva / La Jornada, 8 marzo 2010

El Congreso y la Corte se ocupan ahora de apretar una tuerca más del estado de excepción. Se adopta así la tendencia dominante en el mundo, cuando categorías enteras de ciudadanos, que no pueden ser integrados en el sistema político, quedan expuestos a una guerra declarada en el curso de la cual el estado de derecho se desmantela progresivamente. Se extiende hoy a México la criticada Ley Patriota estadunidense, que el presidente Obama y un Congreso Demócrata han dejado intacta.

El pasado noviembre comenté en este espacio que el estado de excepción que padecemos es la forma legal… de lo que no puede tener una forma legal: existe al margen de la norma, como suspensión de la ley. Cité a Giorgio Agamben, quien ha mostrado que este dispositivo se ha convertido en una de las prácticas esenciales de los estados contemporáneos, incluso los llamados democráticos. Instalado en el centro del arco del poder, resulta ser “un espacio vacío, en que la acción humana sin relación con la ley se levanta frente a una norma sin relación con la vida (…) No es una dictadura (…) sino un espacio desprovisto de ley, una zona en que todas las determinaciones legales –y sobre todo la distinción entre lo público y lo privado– han sido desactivadas… La violencia gubernamental borra y contradice impunemente el aspecto normativo de la ley, ignora externamente la ley internacional y produce internamente un permanente estado de excepción, pero afirma que a pesar de todo está aplicando la ley”. Según Montesquieu, la venda sobre los ojos de la mujer que se emplea como símbolo de la justicia fue puesta para que no viera lo que ocurre durante el estado de excepción. No debe verlo. Es la negación misma de la justicia.

El Comité Invisible, en La insurrección que viene, mostró el otro lado de esta moneda siniestra: “La esfera de la representación política se cierra. De izquierda a derecha es la misma nada que adopta poses perrunas o aires virginales, son las mismas cabezas oscilantes que intercambian sus discursos según los últimos hallazgos del servicio de comunicación. Quienes aún votan dan la impresión de que no tienen más intención que hacer saltar las urnas a fuerza de votar como forma de protesta. Se comienza a adivinar que se sigue votando contra el voto mismo. Nada de lo que se presenta está a la altura de la situación. En su propio silencio, la gente parece infinitamente más adulta que todos los títeres que se pelean por gobernarla…”

Esto es lo que necesitamos encarar. Y esto no implica descalificar a quienes, contra toda experiencia y razón, siguen empeñados en la lucha electoral. Interpelado sobre el tema, hace cuatro años, el subcomandante Marcos señaló: “Reconocemos la trinchera electoral. Nunca hemos llamado a la gente a no votar. Estamos invitando a que mires a otro lado, no hacia arriba; que hagas ejercicio de tu inteligencia y tu dignidad, y pienses qué es lo que se ofrece arriba y qué está ocurriendo abajo, y con eso en la mente y en el corazón vayas o no a votar (…) Entendemos que allá arriba los partidos políticos cambian de principios como de calzones, pero nosotros no… No podemos doblegar la dignidad.” (La Jornada, 19/02/09).

El tema está de nuevo en la calle, bajo condiciones mucho más graves. Aumentan cotidianamente las agresiones armadas a las comunidades zapatistas y la violencia en todo el país, en medio de la turbulencia que generan 10 procesos electorales. En lugares como Oaxaca se reabre el debate sobre la participación en la jornada electoral. Muchos hay que quieren dar cauce a su rabia, al profundo resentimiento que deja Ulises Ruiz, usando la trinchera electoral para expresar todo eso e impedir que su guardaespaldas ocupe su lugar. Lo importante no es lo que hagan el día del voto. Lo importante es que tomen la decisión conscientes de que no pueden poner su esperanza en ese proceso, independientemente de su resultado. Que la esperanza sólo puede estar en ellos mismos.

Estamos en la víspera de un gran alzamiento o de una guerra civil, señaló el subcomandante Marcos en noviembre de 2006. Si no logramos que la gente, cada quien en su lugar, active su red de apoyo mutuo en un alzamiento pacífico y democrático, “habrá levantamientos espontáneos, explosiones civiles por todos lados, una guerra civil en donde cada quien verá por su propio bienestar (…) Va a ser cada quien por donde pueda” (La Jornada, 24/11/09). Para detener esa guerra civil y el ejercicio autoritario cada vez más cínico y abierto, que combina de nuevo la cruz con la espada, no queda sino crear nuestro propio estado de excepción.

gustavoesteva@gmail.com

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