Calderón, tras los pasos de Díaz

Cartón: Hernández

Rubén Martín / Público, 2 septiembre 2010

Desde tiempos de la Colonia, los informes que los gobernantes presentan vienen con la realidad maquillada. El cuarto reporte de su ejercicio como titular del Poder Ejecutivo federal que ayer presentó Felipe Calderón Hinojosa no es la excepción. Para la mayoría de los mexicanos, Calderón habla de una realidad que no está en la calle, de inversiones en infraestructura que no son para la gente que vive de vender su fuerza de trabajo, habla de una guerra contra la delincuencia que ha trastornado la vida pública en una buena parte de las grandes ciudades del país, habla de un país de oportunidades que no lo son para las clases bajas, pero si para los sectores privilegiados de la nación.

Calderón, que llegó a la silla presidencial mediante prácticas fraudulentas, ha acentuado la crisis económica. Presume que su gobierno ha creado más de 800 mil empleos en cuatro años, cuando el crecimiento poblacional del país requiere tres veces más. Habla de gobierno responsable, pero elude el enorme crecimiento del gasto corriente durante su gobierno, en particular de la alta burocracia federal. En 2007 el gasto corriente ascendía a 1,375 billones de pesos y para 2009 subió a 1,828 billones de pesos, casi 500 mil millones de pesos más. El peso de la deuda creció al pasar de 18.6 por ciento como porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) en diciembre de 2006 a 27.3 por ciento del PIB en diciembre de 2009.

El de Calderón es uno de los últimos gobiernos del mundo que insiste en aplicar de manera ortodoxa el modelo neoliberal, cuando prácticamente todos los gobiernos de América Latina, Asia, Europa e incluso Estados Unidos dieron un giro hacia políticas keynesianas de fuerte inversión y gasto público. Por sus resultados económicos, el de Calderón es uno de los peores gobiernos que ha tenido el México independiente.

En parte por la crisis económica, y en parte por la resistencia de miles de sujetos, comunidades, pueblos, barrios y gremios, el subsuelo mexicano está que hierve. No para reventar como volcán (o quien sabe) pero sí para hacer patente cómo el modelo de desarrollo y de vida que se impone desde arriba, desde el poder político, económico, eclesiástico, mediático y académico hace rato que ha dejado de ser funcional.

La crisis social tiene diversas caras, a cual más de cruel: a Calderón se le deben las tasas de desempleo más altas en la historia reciente; lo que a su vez ha disparado lo que llaman economía informal, esa que el mismo gobierno calderonista criminaliza y combate con una ferocidad que bien merecieran los políticos que se roban elecciones y roban el dinero del pueblo, no las personas que salen a la calle a vender para ganar el sustento de la familia.

En este gobierno la caída salarial se ha acentuado al tiempo que México gana el campeonato mundial de producción de megaricos. Cuando Calderón llegó al poder en 2006, las diez familias más ricas (encabezadas por Carlos Slim en la lista de Forbes) tenían una fortuna de 50,800 millones de dólares. Para este año la fortuna de los megaricos creció 50 por ciento: ahora tienen 90,300 millones de dólares.

Y luego se sorprende de la enorme violencia. El caldo de cultivo de la espiral de encarnizada que padece el país bajo el calderonismo (más de 28 mil muertos) es esta crisis social que revela la crisis terminal de un modelo de país no ofrece educación, ni empleo a la mitad de sus jóvenes, un modelo de país que enrique a unos cuentos mientras crece la pobreza. Las filas de las empresas narcotraficantes se nutren de esa crisis social.

Ante el fracaso del modelo de desarrollo inspirado en la escuela económica de las ventajas comparativas que creé que el país es un reservorio de mano de obra barata que debe ponerse a disposición de los capitales privados nacionales y extranjeros, ante la enorme crisis social, es más que obvia la fractura que sufre la política profesional. La mayoría de la población ha dejado de creer en los políticos, y confirma que todos los partidos son iguales. En suma, hay una enorme crisis de credibilidad y legitimidad que no tiene posibilidad de resolverse por los canales que ofrece el sistema político. Pero Calderón está siguiendo los pasos de Porfirio Díaz, apoyándose en las clases favorecidas y echando mano del Ejército para ignorar y reprimir una realidad social que cruje bajo sus pies. Cuando se den cuenta será demasiado tarde.

 

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