¡La revolución de la dignidad!

Sadri Khiari / Grupo Decolonial de Traducción, 17 enero 2011

Hoy, como todos los días desde la fuga de Zine el-Abidine Ben Ali, me han planteado veinte veces la misma cuestión: ¿Cómo explicar una sacudida tan profunda en Túnez conocida por su “estabilidad” y la caída repentina de aquel que tenía las riendas de una mano de hierro?

Miles de explicaciones son posibles, pero yo me centraré en una. La más importante a mis ojos: el poder de la camarilla de mafiosos que rodeaba al presidente caído no se sostenía sobre ningún dispositivo de consenso o de consentimiento. Dicho de otra manera, no había ninguna autoridad moral sobre la población. Ahora bien, ningún sistema político puede resistir a una ausencia absoluta de autoridad moral. Igualmente las capas privilegiadas de la población, los pertenecientes al seno de beneficiarios directos del régimen de Ben Ali, su esposa y los próximos, suscitan tanto temor como el peor de los desprecios.

Desde su ascensión al poder en noviembre de 1987, Ben Ali, se dedicó a construir una gigantesca máquina de represión, de control y de clientelismo de la población. Se ha hablado a veces en la prensa francesa del arresto de militantes políticos o de responsables sindicalistas, de la tortura practicada contra los opositores, de las intimidaciones brutales los cuales han sido objeto los defensores de los derechos humanos, pero la acción policial principal se situaba al margen de todo esto: esta concernía a la gran masa de población, sumisa a una presión policial constante, aquella de los servicios del ministerio de Interior, pero también aquella de las múltiples milicias oficiales, aquellas pertenecientes al Agrupamiento constitucional democrática, el RCD, que no es un partido como el resto sino un anexo del Estado, encargado de dirigir, vigilar, castigar, comprar, vender, extorsionar a todo individuo en cualquier esfera de su vida social. A estas instituciones, hay que añadir las estructuras de la administración, aquellas que deberían estar al servicio de los ciudadanos y que sin embargo han dado todo su servicio, hasta el día de hoy, a los directivos de las cumbres del Estado. Dicho de otra manera, han jugado el rol de instancias de represión, de alienación, de vigilancia y de clientelismo. El funcionamiento del ministerio de Justicia es ejemplar en este punto de vista.

No se trata de acusar a todos los funcionarios, que normalmente son ciudadanos ejemplares, mal remunerados, trabajando en condiciones desastrosas y que ellos mismo están sometidos a los abusos de poder de sus superiores. Se trata de señalar la facultad del sistema policial a hacer de cada uno, un cómplice y un satélite del poder.

No estamos equivocados: la mecánica policial y burocrática llevada a cabo por Ben Ali no tenía como único objetivo suscitar el miedo y la obediencia. Tenía como finalidad, mucho más perniciosa y mucho más eficaz que el miedo, el erradicar en cada individuo su parte más humana. Ben Ali a construido un inmenso aparato destinado a destrozar la dignidad de los tunecinos; ha desarrollado una formidable tecnología de la indignidad. La mezquindad, la complicidad, la corrupción, los miles de chanchullos vergonzosos a menudo indispensables para sobrevivir o simplemente tener paz, han sido algunos de los mecanismos de la construcción sistemática de la indignidad. El desprecio total del poder a la consideración del pueblo, necesitaba de la aprobación propia de la sociedad y requería que todo individuo lo aprobara para sus semejantes y para el mismo.

Repito: la represión y el miedo no habría sido jamás suficiente para preservar un poder que carecía de toda autoridad moral. En la ausencia de una legitimidad de esta naturaleza, Ben Ali y su banda de gamberros, hicieron otra elección: destruir la moral, romper la solidaridad, abolir el respeto, generalizar el desprecio, humillar, humillar y humillar. Vosotros no sois nada, vosotros no seréis jamás nada, los infra-hombres, este es el mensaje social y moral del régimen benalista. Bourgiba, considerablemente elitista, opinaba que los tunecinos no eran más que “un polvo de individuos” de los cuales iba a encargarse para hacer una nación. Ben Ali, ha hecho la apuesta contraria: transformar la nación en polvo de individuos. Esta apuesta ha fracasado, puesto que la nación ha rechazado convertirse en polvo. El lodo del Palacio de Cartago no ha conseguido nunca sumergir el conjunto de Túnez.

En mi opinión, hablar de miseria, de dificultades sociales, de necesidad abstracta de libertades democráticas o de la represión como simple fábrica del miedo o de la sumisión, solo permite comprender una dimensión reducida de los eventos que se desarrollan desde hace un mes en Túnez. Mohamed Bouazizi no se ha matado de una manera tan horrible por la sola razón de que no tenía un empleo y que un agente municipal le había prohibido ganar un pequeño sueldo vendiendo verduras. El se ha inmolado con fuego porque escupiéndole en la cara, este funcionario le ha dicho lo mismo que el régimen de Ben Ali nos decía cada día: tú no eres más que una mierda de perro, ¡yo hago contigo lo que quiero! Bouazizi estaba seguramente muy harto de ser pobre, muy pobre. Él no ha soportado no poder seguir siendo un ser humano. Paz a su alma, todos pensamos en él, todos nos hemos identificado con él, incluyendo aquellos de entre nosotros que tienen un empleo y viven confortablemente. La fuerza motriz de la revolución tunecina no ha tenido más finalidad, cazando al tirano, que la de devolver a Bouazizi la dignidad que se le había rechazado. ¿Los tunecinos han reivindicado aumento de salarios? ¿La libertad de prensa? ¿Un nuevo derecho cualquiera? No, ellos han expresado su dignidad; ellos han afirmado que su dignidad exigía la salida de Ben Ali. Y ellos lo han obtenido. Si hubiera comprendido esto antes, no habría perdido el tiempo en hacer concesiones, que solamente él consideraba concesiones: reducciones de precio, acceso libre a internet, elecciones que han concluido con su expulsión a los 3 años. Absurdo. Lo que estaba en juego era su cabeza y sólo su cabeza.

¿Todo ha terminado? Claro que no. La efervescencia revolucionaria no se ha apagado. Por todas partes, la dignidad continúa a combatir la indignidad. El pueblo tunecino ya no está compuesto por individuos que resisten como pueden para preservar su calidad de ser humano; es un cuerpo colectivo al que no le gusta la idea que los hombres del régimen de Ben Ali y algunos políticos, impacientes por tener parte del pastel del poder, les impidan su victoria. El pueblo tunecino ya sólo tiene confianza en sí mismo, y tiene razón. La segunda acta de la revolución trata la disolución de las instituciones puestas en marcha por el antiguo presidente – en primer lugar el RCD- y la elección democrática de una asamblea constituyente que devolverá al pueblo la soberanía política de la que ha estado privada durante decenios. Después, ya veremos.

Traducido por Elena Vigom.

Revisado por Beatriz García Quesada.

 

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