Hasta la madre de la guerra de Calderón

Rubén Martín / Público, 5 mayo 2011

La nación ha llegado a un punto límite. La violencia, la sangre esparcida por todos los rincones, el miedo a salir a la calle, las historias de amenazas y extorsiones nos han llevado a una situación límite.

Una muestra clara de este límite es la respuesta que está teniendo la convocatoria del poeta Javier Sicilia para participar en la Marcha Nacional por la paz por la injusticia y contra la impunidad.

Cientos de miles de mexicanos en lo individual o en colectivos, redes y organizaciones se han hecho eco del llamado del poeta quien perdiera a su hijo en esta estúpida guerra contra la delincuencia desatada por el gobierno federal. Una guerra que lleva más de 35 mil muertos, entre ellos mil niños y casi el mismo número de bajas civiles y de la cual no se vislumbra ninguna salida.

Somos millones de mexicanos hartos de la espiral de violencia y de la incompetencia de la clase política para detener y terminar las masacres cotidianas, los narcobloqueos, las narcofosas, los desmembrados, los descabezados, los colgados, los mutilados, y todas las técnicas sanguinarias que hemos visto aparecer en el país en los últimos años.

Pero no es únicamente incompetencia de la clase política para detener esta espiral sangrienta; nos tiene más hasta la madre la impunidad y la corrupción rampante que permite que el floreciente negocio de la droga siga funcionando.

Un negocio del tamaño que produce el tráfico ilegal de drogas no funciona sin la complacencia de gobernantes, de todos los niveles y de todos los partidos, así como el apoyo de fuerzas públicas (Ejército, policías, ministerios públicos) y de funcionarios de aduanas.

Por eso somos millones los que estamos hasta la madre de la guerra contra la delincuencia de Felipe Calderón.

Y como en otras situaciones límite, el giro para cambiar las cosas viene de abajo, no de los de arriba ni de la clase gobernante.

La nación ha tenido que recurrir a su reserva moral para tratar de poner fin a esta trágica época que vivimos.

Pero todo indica que ya algo se puso en marcha con ese grito irritado del poeta Javier Sicilia, desde el dolor de un padre que pierde a su hijo, y su carta abierta a políticos y criminales para que paren su guerra.

Por lo pronto, la clase gobernante ha hecho oídos sordos a este reclamo. Pero será difícil ignorar las decenas de miles, o tal vez cientos de miles de personas que en el país y en el extranjero, saldrán a la calle para expresar su repudio a esta violencia desenfrenada y para repetir el “estamos hasta la madre…” que ha resonado por toda la nación.

Entre otros que se han sumado a este llamado destaca el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Desde que decidieron suspender el paso de La Otra Campaña por el país en 2007, debido al hostigamiento de que eran objeto decenas de comunidades en Chiapas, los zapatistas no habían decidido aparecer en público. Lo hacen ahora en esta situación crítica que vive el país.

Junto con la violencia reciente, ligada al supuesto combate al crimen organizado, los zapatistas recuerdan a su vez la violencia que padecen secularmente muchas comunidades de todo el país, entre ellas la violencia del despojo que de tierras, bosques, aguas, recursos naturales y playas que ocurren en todo el territorio nacional.

Además habría que entender la violencia agravada durante el calderonismo como parte de las múltiples guerras del capitalismo en contra de los de abajo. La actual inseguridad es, en parte, resultado de 30 años de políticas económicas de capitalismo salvaje que han depredado ingresos, empleos, prestaciones y oportunidades de vida para millones de mexicanos.

La salida a esta crisis de proporciones mayúsculas no vendrá de arriba; ante la violencia los políticos de todos los partidos proponen más violencia, más dinero a los de por sí abultados presupuestos de seguridad, y endurecimiento de las leyes que apuntan a un estado policiaco.

La salida se está construyendo abajo con autoprotección, y autogestión en barrios, colonias, mercados y pueblos. Ahí donde germinan las relaciones comunitarias, se dificulta la operación de la delincuencia organizada y prosperan relaciones de solidaridad. Esa es la salida.

Estamos hasta la madre de la guerra de Calderón.

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