La astucia de los corruptos

Antonio López de Santa Ana, prototipo del político mexicano corrupto
Antonio López de Santa Ana, prototipo del político mexicano corrupto

Rubén Martín / El Informador, 23 marzo 2013

La corrupción de la clase gobernante no es un asunto nuevo. En la historia de la Nueva España está confirmada la venalidad de los cargos públicos, es decir la compra de puestos de gobierno por particulares, quienes veían en dichas operaciones la oportunidad de enriquecerse.

La corrupción continuó en el México independiente: “Santa Anna, Manuel Escandón y socios se enriquecieron rápidamente gracias a varios contratos para la reparación de caminos que unían México, Cuernavaca, Querétaro, Guadalajara, Zacatecas, Veracruz, Puebla y Jalapa. También por la concesión del derecho de peaje y la del servicio postal” (Francisco Pineda, La irrupción zapatista. 1911, ERA, 1997). Durante el porfirismo políticos denominados “científicos” (los tecnócratas de la época) hicieron negocios al amparo del poder. Qué decir de los generales revolucionarios, quienes amasaron fortunas como pago por sus servicios prestados a la nación.

Los modos y formas de la corrupción se ampliaron y crecieron durante la época dorada del autoritarismo priista. La corrupción se multiplicó en el periodo neoliberal, al amparo de las privatizaciones que permitieron la acumulación de capitales con una facilidad no vista en décadas.

Y en estas semanas van saliendo a la luz pública los casos de corrupción que heredan 12 años de gobiernos del Partido Acción Nacional (PAN) en el país o 18 años consecutivos gobernando en estados, como Jalisco.

Por eso no debería sorprender la declaración del titular de la Auditoría Superior de la Federación (ASF), Juan Manuel Portal, quien al entregar el 20 de febrero el informe de revisión de la cuenta pública 2011 a la Cámara de Diputados, dijo que el combate a la corrupción ha fracasado en los últimos 30 años.

La declaración del auditor federal no debería sorprender porque ahora sabemos que la corrupción no es un asunto de partido, como ya dejó en claro la supuesta “transición a la democracia” en México, sino que es un asunto sistémico.

Y si bien la declaración de que el combate a la corrupción ha fallado en los últimos 30 años no sorprende, tampoco debe dejar de escandalizar. Los mexicanos hemos invertido miles de millones de pesos en estas tres décadas en las agencias fiscalizadoras de los recursos del pueblo. Únicamente entre 2000 y 2012 hemos gastado en la Secretaría de la Función Pública 29 mil 930 millones de pesos. Pocos, muy pocos, políticos corruptos están en la cárcel, y por el contrario, muchos servidores públicos exhiben sin pudor un nivel de vida que no se corresponde con sus ingresos públicos.

Dadas las evidencias, debemos admitir que la corrupción es una práctica consustancial al sistema político; es una práctica social orientada a la acumulación de capital por parte de sujetos que ven en el ejercicio de gobierno no el servicio a los demás, sino un modo oportuno y fácil de amasar fortuna.

No creo que la Comisión Nacional Anticorrupción propuesta por Enrique Peña Nieto sea la solución. Todas las agencias y legislaciones anticorrupción han sido saltadas por los corruptos. Hasta ahora la astucia de los corruptos va por delante, muy delante, de la decencia en el ejercicio del poder público.

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