El nuevo rostro del viejo PRI

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Rubén Martín / El Economista5 marzo 2013 

A sus 84 años de fundación, el viejo Partido Revolucionario Institucional (PRI) se presenta como el nuevo rostro de la política en México. Ayudado sin duda por la crisis panista, y por el canibalismo que impera en el PRD y la izquierda electoral.

No es solo el rostro juvenil del mandatario Enrique Peña Nieto y su forma personal de gobernar que ofrece, por un lado, el consenso del Pacto por México, y del otro, la amenaza de una presidencia poderosa que puede encarcelar peces gordos del tamaño de Elba Esther Gordillo Morales.

El rostro del “nuevo” PRI está dibujado también por el compacto grupo de colaboradores de Peña Nieto que han tomado el puesto de mando del Estado mexicano; el impulso a una “agenda política audaz” para transformar el Estado y la sociedad; el empuje para emprender las reformas estructurales que el discurso dominante dice que hacen falta en México; las “agallas” para terminar con poderes que se consideraban intocables; la imagen renovada del viejo partido que ahora juega a ser moderno a través de las redes sociales.

El perfil del “nuevo” PRI se completa con los cambios estatutarios que “modernizan” su programa y abren las puertas a ciudadanos, como se aprobó en su XXI Asamblea Nacional de los días 1,2 y 3 de marzo.

Los efectos positivos de estas medidas ya están a la vista en las plumas de algunos opinadores que tienen el olfato de percibir hacia donde apuntan los vientos del poder en turno. Los comentarios elogiosos hacia Peña Nieto y el PRI se multiplican cada día.

Pero detrás del rosto del nuevo PRI, de la cara nueva de Peña Nieto y de su grupo compacto, está el viejo PRI y sus viejas formas de hacer política que funcionaron durante siete décadas de ejercicio del poder.

El nuevo PRI es uno que modifica sus documentos básicos para incumplir promesas electorales (IVA a alimentos y medicinas, capital privado en Pemex); regresa el PRI que mete a la cárcel a un personaje importante no para terminar con la impunidad, sino para marcar el terreno del nuevo grupo en el poder; uno que regresa a las prácticas de imponer orden y control no mediante la ley sino con los expedientes del Cisen en el escritorio del secretario de Gobernación, como dicen que ocurrió con los dirigentes del SNTE llamados a Gobernación para obligarlos a deslindarse de Elba Esther Gordillo.

Regresa un PRI que aprueba sus relevantes reformas estatutarias mediante mano alzada y en menos de 50 minutos; regresa el PRI que concede al presidente en turno la calidad de jefe máximo. Con la reforma estatutaria, se mete al presidente de la república de lleno al partido (nada de sana distancia, sino enferma cercanía), pues ahora el mandatario es cabeza de la Comisión Política Permanente. ¿Quién de los integrantes de dicho órgano se atreverá a disentir del inquilino de Palacio Nacional?

Es decir, regresa el PRI de antes. Para qué cambiar una exitosa fórmula de ejercicio del poder que duró siete décadas. Regresan las viejas formas, ahora representadas por nuevas caras.

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